Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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La lluvia no moja el silencio entre dos herederos
En *Sometido a ti*, la escena del cementerio no es solo un ritual fúnebre: es un duelo de miradas bajo el paraguas ajeno. Javier Rivera, con su traje negro salpicado de gotas y esa flor blanca que parece una excusa para no llorar, se mantiene rígido como la lápida que honra a Xie Qing —una tumba que lleva inscrita una historia familiar más compleja de lo que sugiere el mármol. Pero todo cambia cuando Luna Castro baja del coche: sus tacones brillantes sobre el asfalto mojado, su sombrero con velo que oculta más de lo que revela, y esa rosa blanca que sostiene como si fuera una prueba. No hablan mucho, pero cuando ella le arrebata el paraguas y él, tras un instante de vacilación, cede… ahí está el verdadero guion: no es luto, es poder. La tensión no viene de los demás, sino de cómo sus dedos rozan el mango, de cómo él evita su mirada y ella, en cambio, la clava como una aguja. El entorno —árboles húmedos, hojas caídas, el eco de pasos— solo sirve de telón para este ballet de control y sumisión disfrazado de respeto. ¿Quién realmente está de luto aquí? ¿O acaso el dolor es solo el pretexto perfecto para reafirmar quién manda en el Grupo Castro?