Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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El poder de la mirada en una sala de juntas
En Sometido a ti, la tensión no se construye con gritos, sino con pausas, con el crujido de una mano sobre la mesa y el leve movimiento de una falda negra al levantarse. La mujer, impecable en su traje corto con hombros adornados de cristales, no necesita hablar para dominar la escena: su silencio es una orden, su sonrisa, una advertencia. El joven con chaqueta de seda y encaje blanco parece frágil, pero sus ojos no parpadean cuando ella le toca el brazo —esa conexión física, casi ritual, revela más que mil diálogos. Los demás, en trajes neutros, se levantan como marionetas al ritmo de su presencia. Lo fascinante no es quién gana la reunión, sino cómo cada gesto —el cruce de brazos, el apretón de manos, el momento en que él finalmente se pone de pie— dibuja una jerarquía invisible, donde el poder no se hereda, se conquista con elegancia y frialdad calculada.