Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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La copa de vino y el teléfono que no cuelga
En *Sometido a ti*, la protagonista no habla, pero su silencio grita más que cualquier monólogo. De pie en una terraza nocturna, con luces tenues como testigos cómplices, sostiene el vino como si fuera un arma y el teléfono como una cuerda alrededor del cuello. Sus ojos cambian: primero indiferencia, luego una leve sonrisa que no llega a los labios, después una mirada que parece atravesar la pantalla del móvil —como si estuviera viendo no al interlocutor, sino al pasado que aún no ha enterrado. El vestido negro con encaje, el collar de rosa negra, los pendientes que brillan como lágrimas congeladas: todo está calculado, pero su gesto al colgar el teléfono y dejarlo sobre la mesa, junto al decantador, revela lo que nadie dice: ya no hay vuelta atrás. Cuando aparece él, con su chaqueta de terciopelo gris y esa mirada que intenta disimular ansiedad, ella cruza los brazos no por defensa, sino por dominio. Este no es un encuentro casual; es el preludio de una rendición que nadie ha pedido, pero todos esperan. *Sometido a ti* no trata de poder, sino de cómo el control se desvanece cuando uno deja de fingir que aún lo tiene.