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La verdadera y falsa presidenta Episodio 12

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El engaño y la demolición

Linda Santos decide construir la fábrica en el lado oeste del pueblo, pero descubre que alguien llamado Nieves está usurpando su identidad. Mientras tanto, la casa de Andrés es marcada para demolición sin su consentimiento, generando conflicto.¿Cómo reaccionará Linda al descubrir que su identidad está siendo usada para perjudicar a los habitantes del pueblo?
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Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: cuando el abanico se convierte en arma

Hay una escena en *La verdadera y falsa presidenta* que permanece grabada en la memoria como una quemadura: la mujer con la blusa floral, Li Meihua, sostiene un abanico de bambú y lo cierra con un chasquido seco, como si rompiera el cuello de una serpiente. No es un gesto decorativo. Es un ritual. Un anuncio. En ese instante, el patio rural deja de ser un espacio doméstico y se transforma en un tribunal improvisado, donde las pruebas no son documentos, sino miradas, silencios, y el modo en que alguien dobla su muñeca al hablar. Li Meihua no es una anciana cualquiera; es la guardiana de la memoria colectiva del pueblo, la que recuerda quién firmó qué acuerdo en 1998, quién vendió la tierra de los antepasados, quién prometió agua potable y nunca volvió. Y ahora, con ese abanico en la mano, actúa como fiscal, juez y verdugo en uno. Su voz no es fuerte, pero cada palabra cae como un ladrillo suelto en una pared vieja: inestable, peligrosa, capaz de hacer caer todo. Detrás de ella, Zhao Yuting observa con una sonrisa que no llega a sus ojos. Lleva pendientes largos que brillan bajo la luz difusa del día nublado, y una falda verde pálido que contrasta con el polvo del suelo. Su postura es relajada, casi burlona, pero sus dedos, entrelazados frente al abdomen, están tensos. Ella no necesita gritar. Ella necesita que los demás griten por ella. Y Li Meihua, sin saberlo, es su mejor cómplice. Porque cada acusación que pronuncia no sirve para exponer a Wang Dafu —el hombre en camiseta gris, ahora tembloroso frente a la multitud—, sino para erosionar la autoridad de Chen Xiaoyu, quien aparece más tarde, no con escoltas, sino sola, con las manos vacías y la mirada fija en el abanico que Li Meihua sigue moviendo, como si fuera el metrónomo de una canción que nadie más puede oír. La genialidad de *La verdadera y falsa presidenta* reside en cómo utiliza los objetos cotidianos como símbolos cargados de significado. El mapa azul del despacho no es un mapa: es una mentira estructurada, una narrativa diseñada para ser creída por quienes ya han decidido creer. El abanico de Li Meihua no es un accesorio: es un instrumento de poder ancestral, un recordatorio de que en las comunidades rurales, el control no está en las oficinas, sino en las plazas, en las puertas de las casas, en el ritmo con el que una mujer mayor mueve su mano al hablar. Incluso la excavadora amarilla, que aparece al final como un monstruo mecánico invadiendo el paisaje tranquilo, no es simplemente maquinaria. Es la modernidad forzada, la violencia del progreso disfrazada de desarrollo. Y Wang Dafu, al subir a su cabina, no se convierte en un héroe. Se convierte en un traidor que ha aprendido el idioma del enemigo: el lenguaje de las palancas, los motores, la fuerza bruta. Pero lo que realmente desgarra es la ambigüedad de Chen Xiaoyu. En el despacho, es fría, racional, impenetrable. En el patio, es silenciosa, observadora, casi ausente. ¿Está perdiendo el control? ¿O está dejando que el caos se despliegue para luego recoger los pedazos con mayor autoridad? Su expresión no cambia cuando Zhao Yuting levanta el dedo índice y señala directamente a Wang Dafu, como si lo condenara a muerte simbólica. Chen Xiaoyu no interviene. No defiende. Solo respira, lenta y profundamente, como si estuviera preparándose para algo peor. Y es ahí donde *La verdadera y falsa presidenta* logra su mayor hazaña: hacer que el espectador dude no de quién miente, sino de quién tiene razón. Porque tal vez, en este mundo donde el pasado se vende y el futuro se subasta, la verdad no es una cosa que se descubre, sino una posición que se ocupa. Y ocuparla requiere no solo coraje, sino también la capacidad de fingir indiferencia mientras el mundo arde a tu alrededor. El detalle final —cuando Zhao Yuting, tras el enfrentamiento, se acerca a Chen Xiaoyu y le susurra algo al oído, mientras ambas sonríen, pero con labios apretados— es el golpe de gracia. No se ven sus palabras, pero se ve el efecto: Chen Xiaoyu asiente, casi imperceptiblemente, y luego se aleja sin mirar atrás. Li Meihua, aún con el abanico en la mano, la observa marchar, y por primera vez, su rostro muestra duda. ¿Acaso ellas también están actuando? ¿Es posible que la verdadera presidenta sea aquella que sabe cuándo callar, cuándo sonreír, cuándo dejar que otros carguen con la culpa? *La verdadera y falsa presidenta* no ofrece respuestas. Solo plantea una pregunta que resuena mucho después de que la pantalla se vuelva negra: si todos mienten, ¿quién queda para decir la verdad? Y más importante: ¿aún importa?

La verdadera y falsa presidenta: el mapa que revela todo

En la primera escena de *La verdadera y falsa presidenta*, el contraste entre el lujo frío del despacho y la calidez tensa de los rostros es casi palpable. La mujer, vestida con una camisa rosa pálido que parece un intento de suavizar su autoridad, se sienta tras un escritorio de madera oscura, pulida hasta brillar como un espejo roto. Frente a ella, el hombre en traje oscuro —cuyo nombre, según los subtítulos no visibles pero inferidos por su postura y gestos, es Lin Wei— sostiene un documento azul con un mapa coloreado: una representación simplificada de China, dividida en regiones con tonos verdes, amarillos y azules. No es un mapa político ni geográfico realista; es simbólico, casi infantil, como si hubiera sido dibujado por alguien que quiere ocultar más de lo que revela. Lin Wei lo entrega con una reverencia mínima, casi irónica, mientras sus ojos no abandonan los de ella ni un instante. Ella lo toma sin sonreír, con dedos que parecen medir el peso del papel como si fuera plomo. En ese momento, el espectador ya sabe: este no es un informe técnico. Es una prueba. Una acusación disfrazada de presentación. El fondo del despacho está decorado con pinturas tradicionales chinas: montañas neblinosas, pinos retorcidos, y sobre todo, un gran cartel con el carácter ‘孝’ (xiào), que significa ‘piedad filial’. Pero la ironía no es casual: justo debajo, en letras rojas, se lee ‘China Tradicional’, como si la historia estuviera siendo exhibida en un museo, no vivida. La mujer —cuya identidad, según las pistas visuales y el título de la serie, es Chen Xiaoyu, la supuesta presidenta— no mira el cartel. Su atención está fija en el mapa, en las líneas que separan los colores. Cuando habla, su voz es baja, controlada, pero cada sílaba vibra con una pregunta no formulada: ¿Quién dibujó esto? ¿Por qué estas fronteras? ¿Por qué esta región está sombreada en verde oscuro, como si estuviera infectada? Lin Wei, por su parte, permanece erguido, las manos entrelazadas frente al abdomen, una pose clásica de sumisión fingida. Pero sus cejas, apenas levantadas, delatan que está esperando su reacción. No teme su ira; teme su silencio. Y cuando Chen Xiaoyu finalmente levanta la vista, no lo mira a él, sino al espacio entre ambos, como si estuviera viendo algo más allá de la pared, más allá del edificio, más allá de la propia ficción que han construido juntos. En ese instante, *La verdadera y falsa presidenta* deja de ser una simple disputa de poder y se convierte en un juego de espejos rotos: cada personaje refleja una versión distorsionada del otro, y nadie sabe ya quién es el original. La transición a la segunda escena es brutal: una mano golpea una puerta de madera roja, desgastada, con grietas profundas que parecen cicatrices. El sonido es seco, definitivo. Y entonces, la cámara entra en una casa rural, humilde, con paredes descascarilladas y una mesa de madera rústica donde reposan cuencos de arroz y platos con verduras simples. Allí está Wang Dafu, el hombre que antes era Lin Wei en el despacho, ahora con una camiseta gris desteñida y una toalla blanca colgada del hombro, como si acabara de salir del campo. Su expresión ha cambiado: ya no hay contención, solo asombro, confusión, una especie de terror inocente. Al abrir la puerta, no encuentra a un equipo de inspección, ni a funcionarios, ni a abogados. Encuentra a un grupo de personas armadas con palos y azadas, lideradas por una mujer mayor con una blusa floral y un abanico de bambú —Li Meihua, según los diálogos posteriores—, y detrás de ella, otra mujer joven, elegante, con falda satinada y blusa negra con un corte atrevido en el cuello: Zhao Yuting, la rival declarada de Chen Xiaoyu en la lucha por el control del consejo comunitario. Lo fascinante de *La verdadera y falsa presidenta* no es quién miente, sino cómo mienten. Chen Xiaoyu, en el despacho, miente con silencios y pausas calculadas. Zhao Yuting, en el patio rural, miente con sonrisas demasiado amplias y gestos teatrales: levanta un dedo como si estuviera impartiendo justicia divina, mientras sus ojos brillan con una satisfacción que no puede ocultar. Li Meihua, por su parte, no miente: grita, acusa, agita el abanico como una espada. Pero incluso su furia es una máscara. Porque cuando Zhao Yuting le dice algo al oído —una frase que no se oye, pero cuyo efecto es inmediato—, Li Meihua se detiene, parpadea, y por un segundo, su rostro se suaviza. Ese segundo es el más revelador de toda la secuencia: no es lealtad lo que la mueve, sino interés. Y eso es lo que hace de *La verdadera y falsa presidenta* una obra tan perturbadora: nadie es bueno, nadie es malo. Todos son actores en una obra cuyo guion nadie ha leído completamente. El clímax llega cuando Wang Dafu, aún en su rol de campesino asustado, corre hacia una excavadora amarilla estacionada al fondo del patio. Sube al caballo mecánico como si fuera un caballo de guerra, y arranca el motor con una determinación que contrasta con su apariencia anterior. Los demás retroceden, sorprendidos. Zhao Yuting sonríe, cruzando los brazos, como si hubiera previsto exactamente este giro. Chen Xiaoyu, que ha aparecido de pronto en el umbral, observa desde lejos, sin moverse, con las manos en los bolsillos de su chaqueta rosa. No grita. No ordena. Solo observa. Y en ese momento, el espectador entiende: el mapa no era el arma. El mapa era la distracción. La verdadera jugada siempre estuvo en quién controla la máquina, quién tiene acceso al terreno, quién puede borrar las huellas con una sola pasada de la pala. *La verdadera y falsa presidenta* no se juega en los despachos, sino en los patios polvorientos, donde el poder no se hereda, se arrebata. Y lo más escalofriante es que nadie sabe aún quién es la verdadera… porque tal vez, ninguna de las dos lo sea.