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La verdadera y falsa presidenta Episodio 23

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La apuesta desesperada

Mario, desesperado por conseguir dinero para el tratamiento de su padre, sigue apostando en un juego de azar, pero pierde todo, incluyendo el dinero que necesitaba urgentemente.¿Podrá Mario encontrar otra forma de conseguir el dinero para salvar a su padre?
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Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: Cuando el dinero habla y el corazón calla

Hay una escena en La verdadera y falsa presidenta que se repite en la memoria como un latido irregular: el joven con la camisa floral, de pie en el umbral de una puerta, sosteniendo una bolsa de lona con ambas manos, como si fuera un bebé recién nacido o una bomba a punto de explotar. Su rostro está iluminado por la luz natural que entra desde afuera, suave y difusa, pero sus ojos están fijos en algo que no vemos, algo que solo él puede percibir. No hay sonido en ese momento, solo el viento moviendo las hojas de los árboles al fondo, y el murmullo lejano de una vida que continúa sin él. Es un instante de pura suspensión, donde el tiempo se detiene para permitir que el espectador respire, justo antes de que todo se desmorone. Dentro de la casa, la atmósfera es distinta: densa, cargada de humedad y recuerdos. La mujer del mono verde, que luego descubrimos se llama Lin Mei, está sentada junto a otra mujer, Chen Ya, cuya camisa gris moteada parece haber sido elegida para pasar desapercibida, como si quisiera fundirse con el fondo de la pared blanca. Pero Lin Mei no permite eso. Desde el primer segundo, su cuerpo se inclina hacia Chen Ya, no con agresividad, sino con una insistencia que bordea lo obsesivo. Cuando Chen Ya se tambalea, como si el suelo se hubiera vuelto inestable bajo sus pies, Lin Mei la sostiene por los hombros, y en ese contacto físico, algo cambia. No es un abrazo, ni un consuelo; es una transferencia de responsabilidad. Lin Mei asume el peso de lo que Chen Ya ya no puede cargar sola. El joven, cuyo nombre nunca se menciona pero cuya presencia es tan fuerte que casi tiene nombre propio, entra entonces con el objeto metálico. No es un cuchillo, no es un martillo; es algo ambiguo, neutro, que adquiere significado solo por cómo lo usa. Lo levanta, lo baja, lo acerca a la frente de Chen Ya, y en ese gesto, se revela la dinámica del poder: no es el que tiene el arma quien manda, sino el que decide cuándo usarla. Chen Ya cierra los ojos, no por miedo, sino por cansancio. Ha visto esto antes. Ha vivido esto antes. Y Lin Mei, al verlo, se levanta, no con furia, sino con una determinación tranquila, como quien ya ha tomado una decisión irreversible. Se interpone, y en ese acto, se convierte temporalmente en la presidenta de la escena: la que establece los límites, la que dice “hasta aquí”. Luego viene el intercambio de objetos: la goma de pelo, pequeña y negra, que Lin Mei encuentra en la palma de Chen Ya como si fuera un mensaje cifrado. La examina con cuidado, girándola entre sus dedos, como si buscara una inscripción invisible. Chen Ya, mientras tanto, comienza a hablar, y su voz, aunque no se escucha, se puede sentir en la tensión de su mandíbula, en el temblor de sus manos. Ella no está explicando; está confesando. Y cuando saca el teléfono blanco, no es para llamar a la policía, ni a un abogado, ni siquiera a un familiar. Es para mostrar algo. Para probar algo. Para obligar a Lin Mei a ver lo que ella ya no puede negar. Lin Mei toma el teléfono, y en ese momento, su rostro se transforma. Las lágrimas brotan sin previo aviso, no de tristeza, sino de reconocimiento. Ella *sabe*. Sabe quién es la verdadera presidenta, y también sabe quién ha estado fingiendo serlo. El teléfono no es un dispositivo; es un espejo. Y lo que refleja no es su cara, sino la de otra persona, en otro lugar, haciendo algo que cambia todo. Cuando Lin Mei levanta el teléfono a su oído, su risa es un chillido contenido, el sonido de alguien que acaba de perder el control de su propia historia. Chen Ya, por su parte, se desploma contra el respaldo del sofá, exhausta, como si cada palabra hubiera consumido una parte de su alma. Y el joven, que había desaparecido, reaparece en la sombra, observando desde la entrada, con la bolsa de lona aún en sus manos, como si estuviera esperando su turno para hablar. La transición a la escena del casino es un golpe directo al estómago. De la intimidad de la sala, pasamos a un espacio industrial, frío, donde el único calor proviene del dinero que se acumula sobre la mesa. Aquí, el joven ya no es el intruso; es el participante. Y el hombre con la cadena dorada, al que el subtítulo identifica como el “庄家” —el banquero—, no es un personaje secundario, sino el eje central de este nuevo universo. Él no juega; él *administra* el juego. Sus manos, adornadas con un reloj de oro y anillos gruesos, manejan los billetes con la precisión de un cirujano. Cuando levanta la cuenca de cerámica y la invierte, los dados caen con un sonido que parece un juicio final. Lo que sigue no es una victoria ni una derrota, sino una revelación. El joven de la camisa floral, que antes gritaba en una sala iluminada por el sol, ahora grita en la penumbra, con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de ver el rostro de Dios —o de su propio reflejo en el fondo de la cuenca. Los demás hombres celebran, lanzan billetes al aire, ríen, pero él no se une. Está solo, aunque esté rodeado. Porque en ese momento, comprende que el juego no era sobre los dados, ni sobre el dinero, sino sobre quién tiene el derecho de contar la historia. El banquero no gana porque tiene suerte; gana porque decide qué cuenta como suerte. La verdadera y falsa presidenta no es una dualidad, sino una secuencia. Primero, Lin Mei intenta ser la presidenta de la verdad, de la memoria, de lo que *debe* ser. Luego, Chen Ya, con su teléfono y sus lágrimas, reclama el título de la presidenta de la evidencia, de lo que *es*. Y finalmente, en el casino, el banquero se erige como la presidenta del poder, de lo que *puede ser*, porque él controla las reglas. Pero el joven, el que comenzó con el grito y terminó con la bolsa de lona, es el único que ve el engaño. Él sabe que ninguna de ellas es completamente verdadera, y ninguna es completamente falsa. Son versiones de una misma necesidad: la necesidad de creer que alguien está al mando, que el caos tiene un patrón, que el dolor tiene un propósito. En la última toma, el joven se sienta en el suelo, rodeado de billetes que ya no significan nada para él. Levanta la mirada, y por primera vez, no hay rabia, ni miedo, ni confusión. Solo una calma profunda, casi religiosa. Como si hubiera encontrado la respuesta no en las palabras, ni en los objetos, ni en los dados, sino en el silencio que sigue al grito. Porque en La verdadera y falsa presidenta, la verdadera autoridad no reside en quien habla más fuerte, sino en quien aprende a escuchar el vacío. Y ese vacío, al final, es el único testigo que queda.

La verdadera y falsa presidenta: El grito que rompe el silencio del pueblo

En una escena que parece sacada de un sueño agitado, la tensión se acumula como polvo en una habitación antigua con vigas de madera desgastadas y paredes blancas que ya no recuerdan su primer color. El protagonista, un joven con camisa hawaiana estampada de flores naranjas y blancas sobre fondo oscuro —un contraste deliberado entre lo festivo y lo ominoso—, entra con un movimiento brusco, casi violento, levantando un objeto plano y metálico: una plancha de hierro, o tal vez una tabla de cortar, pero en sus manos adquiere la gravedad de un arma. Su rostro, iluminado por una luz fría que viene del techo, muestra una mezcla de furia contenida y desesperación infantil. No grita al principio; solo respira con fuerza, como si tratara de contener algo que ya está a punto de estallar. Y entonces, sí, lo hace: un grito gutural, sin palabras, que atraviesa la escena como una ráfaga de viento en una casa abandonada. Ese grito no es para nadie en particular, sino contra el vacío que ha ido creciendo entre él y los demás. En el sofá de madera oscura, dos mujeres observan. Una, vestida con un mono verde oliva de corte militar, permanece sentada con las piernas cruzadas, los pies calzados con zapatillas blancas con detalles rojos, como si aún esperara que todo fuera una broma mal entendida. La otra, con camisa gris moteada y pantalones negros, se inclina hacia adelante, apoyada en el respaldo, con una expresión que fluctúa entre el asombro y el temor. Pero lo que sigue no es una pelea física, sino una secuencia de gestos cargados de simbolismo: el joven se acerca, no para golpear, sino para tocarle la frente con el objeto metálico, como si intentara borrar algo de su mente, o tal vez marcarla. Ella cierra los ojos, no por miedo, sino por rendición. Es en ese instante cuando la mujer del mono verde se levanta, no con ira, sino con una urgencia maternal, y se interpone. No empuja, no grita; simplemente coloca su cuerpo entre ellos, como una barrera humana hecha de tela y sudor. La cámara se acerca, y el encuadre se estrecha hasta convertirse en un primer plano de sus manos entrelazadas. La mujer del mono sostiene con firmeza la muñeca de la otra, mientras esta, con los ojos abiertos y la boca entreabierta, parece estar hablando en un idioma que nadie entiende, o tal vez repitiendo una frase que ya no tiene sentido. En su palma, aparece un pequeño objeto negro: una goma de pelo, simple, ordinaria, pero en ese contexto, cargada de significado. ¿Es un recuerdo? ¿Una prueba? ¿Un ritual? La mujer del mono la examina con atención, como si fuera una pieza de un rompecabezas que lleva años intentando armar. Mientras tanto, la otra mujer, con lágrimas que resbalan por sus mejillas sin que ella parezca notarlo, comienza a hablar, y su voz, aunque no se escucha en el video, se puede imaginar: lenta, entrecortada, con pausas que pesan más que las palabras. Luego, saca un teléfono blanco, moderno, y lo sostiene como si fuera un talismán. Lo muestra, lo gira, lo acerca a la otra mujer, quien lo mira con una mezcla de reconocimiento y horror. Es como si el dispositivo contuviera una verdad que ambas conocen, pero ninguna está preparada para enfrentar. Y entonces, la llamada. La mujer del mono levanta el teléfono a su oreja, y su rostro cambia: los ojos se agrandan, la boca se abre, y una risa nerviosa, casi histérica, escapa de sus labios. No es alegría; es el sonido de alguien que acaba de recibir una noticia que reconfigura toda su realidad. La otra mujer, aún sosteniendo su mano, cierra los ojos y se inclina hacia atrás, como si el peso de esa conversación la estuviera arrastrando al suelo. En ese momento, el joven ha desaparecido de la escena. No se fue corriendo, ni salió por la puerta; simplemente ya no está. Como si su presencia hubiera sido un efecto visual, un reflejo en el espejo que se rompió. Pero la historia no termina allí. La transición es brutal: de la luz cálida y doméstica de la sala, pasamos a un espacio oscuro, industrial, con paredes de hormigón desnudo y una única luz cenital que ilumina una mesa de madera rústica. Alrededor de ella, seis hombres, algunos con camisas estampadas, otros con playeras negras y cadenas doradas, se mueven con una energía febril. En el centro, el mismo joven de la camisa hawaiana, ahora con una bolsa de lona cruzada sobre el pecho, observa cómo otro hombre —el que lleva la cadena gruesa y una sonrisa que no llega a los ojos— baraja billetes de dólar estadounidense como si fueran cartas de juego. Hay dinero por todas partes: sobre la mesa, en el suelo, volando por el aire cuando alguien lo lanza al cielo en un gesto de triunfo o desafío. En medio de ese caos, una cuenca de cerámica contiene cuatro dados blancos, inmóviles, como testigos mudos de lo que está por venir. La escena es claramente una partida de sic bo o algún juego similar, donde el azar se convierte en juez y verdugo. El joven de la camisa hawaiana no juega; observa. Sus ojos, antes llenos de rabia, ahora están vacíos, como si hubiera dejado su alma en la sala anterior. Cuando el hombre con la cadena levanta la cuenca y la invierte, los dados caen con un sonido seco que resuena en el silencio forzado del grupo. Todos contienen la respiración. El resultado no se muestra, pero la reacción es inmediata: uno de los hombres grita, otro se echa hacia atrás riendo, y el joven de la camisa hawaiana se lleva las manos a la cabeza, no en gesto de dolor, sino de incredulidad. Como si acabara de entender que el juego no era sobre ganar o perder, sino sobre quién controla la narrativa. En ese instante, el texto en pantalla aparece: “(Banquero Casino)”, y junto a él, en caracteres dorados, las palabras “庄家” —el banquero, el dueño del juego, el que siempre gana porque decide las reglas. La verdadera y falsa presidenta no es una persona, sino una posición. Es el lugar desde donde se dicta lo que es real y lo que es ilusión. En la primera escena, la mujer del mono intenta ser la presidenta de la razón, de la calma, de la verdad. En la segunda, el hombre con la cadena ocupa ese rol, pero con dinero en lugar de palabras, con dados en lugar de documentos. Y el joven, atrapado entre ambos mundos, es el que debe decidir qué versión de la realidad aceptará como suya. ¿Es la presidenta la que sostiene el teléfono y llama a alguien que puede cambiarlo todo? ¿O es la que controla la cuenca y los dados, y por lo tanto, el destino de los demás? Lo más perturbador no es la violencia, ni el dinero, ni siquiera el grito inicial. Es la normalidad con la que todo esto ocurre. Nadie llama a la policía. Nadie sale corriendo. Todos permanecen, como si este tipo de crisis fuera parte del ciclo diario, como el cambio de estaciones. La mujer del mono no se quita el mono, ni siquiera cuando se inclina sobre la otra mujer con lágrimas en los ojos. El joven no se quita la camisa hawaiana, aunque esté manchada de sudor y polvo. Y el banquero no se quita la cadena, aunque el oro se vuelva opaco bajo la luz cruda del foco. En La verdadera y falsa presidenta, la identidad no se construye con títulos, sino con decisiones pequeñas y repetidas: sostener una mano, levantar un teléfono, lanzar un dado. Cada uno de esos actos es una votación silenciosa sobre quién merece gobernar el presente. Y lo más trágico es que, al final, nadie sabe con certeza quién ganó. Porque cuando el dinero vuela y las lágrimas se secan, lo único que queda es el eco de un grito que nadie pudo traducir, y la pregunta que nadie se atreve a formular en voz alta: ¿quién es la verdadera presidenta aquí, y quién solo juega a serlo? La respuesta, como siempre, está en las manos que siguen sosteniéndose, incluso cuando el mundo ya ha decidido derrumbarse alrededor.

Detalles que lo dicen todo

Fíjense en las manos: la falsa presidenta sostiene el teléfono como un escudo, mientras Li Wei aprieta el bolso como si fuera su última esperanza. En *La verdadera y falsa presidenta*, cada gesto es una pista 🕵️‍♀️. Hasta el calendario del 2023 en la pared cuenta una historia oculta… 💔

El giro que nadie vio venir

La tensión entre Li Wei y la falsa presidenta en *La verdadera y falsa presidenta* es brutal 🎭. Primera mitad: drama doméstico con gritos y lágrimas; segunda: ¡cambio total! El sótano, los dados, el dinero volando… ¿Quién era realmente el inocente? 😳 #PlotTwist