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La verdadera y falsa presidenta Episodio 74

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El engaño revelado

Linda Santos descubre que alguien ha estado usando su nombre para engañar a la gente del pueblo, mientras ella investigaba en secreto los retrasos en la construcción de la planta de frutas.¿Podrá Linda recuperar el dinero robado y desenmascarar completamente a los impostores?
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Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: cuando el poder se derrumba en el suelo

Hay momentos en el cine que no necesitan diálogos para transmitir una catástrofe emocional. Esta escena de *La verdadera y falsa presidenta* es uno de esos instantes: un hombre cae, otro lo levanta, una mujer grita sin abrir la boca, y el suelo de ladrillo absorbe cada gota de tensión como si fuera tierra sedienta. El espacio es reducido, un kiosco abierto con columnas de madera y techo de vigas, como si estuvieran celebrando una reunión comunitaria que se ha convertido en un juicio improvisado. Pero no hay jueces, solo acusadores y acusados, y ninguno de ellos lleva una toga. El traje oscuro del hombre central —con su corbata intrincada y su pañuelo doblado con precisión— contrasta brutalmente con la ropa desgastada de los demás: sudaderas, chaquetas de trabajo, blusas con flores descoloridas. Él representa el orden, la institución, la palabra escrita. Ellos representan la vida real, la que se vive con las manos sucias y los zapatos rotos. Y sin embargo, es él quien pierde el equilibrio primero. No por debilidad física, sino por la fuerza de lo que acaba de escuchar. Su caída no es accidental; es simbólica. Es el colapso de una narrativa que ya no puede sostenerse. La mujer en camisa a rayas —cuyo nombre, según los subtítulos de la serie, es Lin Mei— permanece en el centro de la composición durante casi toda la secuencia, con los brazos cruzados, la mandíbula apretada, los ojos fijos en el hombre del traje. Ella no se mueve, pero su presencia es opresiva. Cada vez que alguien intenta intervenir, ella da un paso lateral, no para alejarse, sino para mantener su posición estratégica: observar sin ser vista. Es la única que no participa en el forcejeo, y por eso es la más peligrosa. Cuando el hombre del traje se levanta y se dirige hacia ella, su voz es baja, casi un susurro, pero sus palabras hacen que los demás se detengan. No se oye lo que dice, pero su cuerpo se inclina ligeramente hacia adelante, como si estuviera entregando una confesión. Lin Mei no responde con palabras, sino con un parpadeo lento, prolongado, como si estuviera procesando una traición que ya sospechaba. Ese parpadeo es más devastador que cualquier grito. En *La verdadera y falsa presidenta*, las emociones no se expresan con alaridos, sino con microgestos: una mano que se cierra en puño, una ceja que se levanta, una inhalación contenida. Y Lin Mei domina esa gramática. Mientras tanto, la mujer mayor —la que lleva la chaqueta a cuadros y el collar dorado— se acerca a la mesa roja con una determinación que no había mostrado antes. Sus pasos son firmes, sus manos temblorosas, pero su voz, cuando habla, es clara y rotunda. No está suplicando; está declarando. Y lo que declara no es una demanda, sino una sentencia. Detrás de ella, el hombre en chaqueta azul con cremallera amarilla asiente con la cabeza, como si estuviera validando cada palabra. Él es el testigo silencioso, el que ha visto demasiado para seguir callando, pero aún no lo suficiente para tomar partido. Su rol es crucial: sin él, la escena sería una pelea familiar. Con él, se convierte en un conflicto colectivo, en una crisis de legitimidad. Porque en *La verdadera y falsa presidenta*, el poder no reside en quién ocupa el cargo, sino en quién tiene el derecho moral de cuestionarlo. Y en este momento, ese derecho lo ejerce una mujer mayor, con las uñas pintadas de rojo desgastado y la mirada de quien ha vivido lo suficiente para saber que las promesas se rompen antes que los huesos. El clímax llega cuando la joven en minifalda plateada se arrodilla entre los billetes esparcidos, riendo con una carcajada que suena artificial, forzada, como si estuviera ensayando una escena que nadie le ha pedido que interprete. Pero su risa no es burla; es desesperación disfrazada de ironía. Ella es la única que no tiene nada que perder, y por eso es la única que puede reír. Los demás están atrapados en sus roles: el hombre del traje debe mantener la compostura, Lin Mei debe mantener el control, la mujer mayor debe mantener la dignidad. Pero la joven no tiene nada que proteger, así que se tira al suelo y se revuelca entre el dinero, como si quisiera demostrar que todo esto es una farsa. Y tal vez lo sea. Tal vez *La verdadera y falsa presidenta* no sea sobre quién es la verdadera líder, sino sobre cómo todos hemos aprendido a fingir que creemos en el sistema, incluso cuando sabemos que está podrido desde dentro. La escena termina con el hombre del traje mirando al horizonte, donde las luces de la aldea comienzan a encenderse, y Lin Mei girándose lentamente, como si estuviera decidiendo si seguir allí o marcharse para siempre. Nadie la detiene. Nadie la llama. Y eso, más que cualquier grito o golpe, es lo que define el final de esta secuencia: el silencio después de la tormenta, cuando ya no queda nadie que pueda decir quién tenía razón. Porque en este mundo, la verdad no se gana; se elige. Y a veces, elegir la verdad significa quedarse sola, de pie, con los brazos cruzados, mirando cómo el resto se derrumba en el suelo.

La verdadera y falsa presidenta: el caos en la mesa roja

En una escena que parece sacada de un drama rural con toques de comedia negra, *La verdadera y falsa presidenta* despliega una tensión casi teatral bajo el toldo de madera, donde el suelo de ladrillos rojos se convierte en el escenario de una confrontación que va más allá de lo verbal. Al principio, el caos es físico: un hombre en camisa azul cae al suelo mientras varios personajes —entre ellos una mujer con blusa estampada y otra con camisa a rayas— lo rodean, tiran de sus brazos, lo levantan, lo empujan. No hay violencia gratuita, sino una urgencia contenida, como si estuvieran intentando evitar que algo peor ocurra. El hombre en traje oscuro, con corbata de paisley y pañuelo en el bolsillo, no actúa como un simple espectador; su postura es rígida, sus gestos calculados, y su mirada, cuando se acerca al centro del tumulto, revela una mezcla de autoridad y desconcierto. Él es claramente el eje de la disputa, aunque no sea el único culpable. La mujer en camisa a rayas —quien luego aparece con los brazos cruzados, observando con una expresión que fluctúa entre la indiferencia y la ira contenida— parece ser la figura más fría del grupo, la que ha decidido retirarse del caos para juzgar desde afuera. Su silencio es tan elocuente como los gritos de los demás. La escena avanza con una dinámica de subidas y bajadas: primero el hombre cae, luego se levanta tambaleante, luego vuelve a ser sostenido por otros dos, y finalmente se pone de pie, aunque con la respiración agitada y la camisa arrugada. En ese momento, la cámara se acerca a su rostro y vemos cómo sus ojos se entrecierran, no por cansancio, sino por cálculo. Está evaluando a cada uno de los presentes, midiendo quién está de su lado y quién no. Detrás de él, una mujer mayor con chaqueta a cuadros y blusa floral observa con la boca entreabierta, como si no pudiera creer lo que está viendo. Su expresión no es de sorpresa pura, sino de reconocimiento: ella ya sabía que esto iba a pasar. Y tal vez incluso lo esperaba. Cuando se acerca a la mesa cubierta con tela roja —símbolo inequívoco de poder, de ceremonia, de decisiones oficiales—, su voz se eleva, no con furia, sino con una especie de resignación dolorosa. Dice algo que no podemos escuchar, pero su cuerpo lo dice todo: las manos abiertas, los hombros caídos, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, como si estuviera ofreciendo su cuello al verdugo. Ese gesto es clave en *La verdadera y falsa presidenta*: no es una mujer que pide justicia, es una mujer que exige verdad, y lo hace con la dignidad de quien ha perdido demasiado para seguir fingiendo. El ambiente es crepuscular, con luces tenues que se filtran entre los árboles del fondo, creando sombras largas y ondulantes sobre el suelo. No es de día ni de noche completa, sino ese instante incómodo donde las máscaras empiezan a resbalar. Los personajes están vestidos con ropa cotidiana, nada ostentoso, lo que refuerza la sensación de que esto no es una representación teatral, sino una escena real, vivida, con consecuencias reales. El hombre en chaqueta azul con cremallera amarilla, por ejemplo, no interviene directamente, pero su presencia es constante, como un testigo que decide no hablar, pero tampoco se va. Su silencio también es una elección. Y luego está la joven en minifalda brillante y blusa negra, que aparece al final, postrada en el suelo entre billetes dispersos, riendo con una sonrisa que no llega a los ojos. Ella es la contradicción viva de *La verdadera y falsa presidenta*: parece estar disfrutando del caos, pero su risa tiene un borde metálico, como si estuviera actuando para alguien que no está en la escena. ¿Es ella la falsa presidenta? ¿O es la única que ve el absurdo de todo el espectáculo y decide reírse antes de llorar? La cámara la capta desde un ángulo bajo, lo que la hace parecer más grande de lo que es, como si su presencia fuera una advertencia: el sistema está roto, y alguien tiene que pagar el precio. Los billetes en el suelo no son una metáfora sutil; son evidencia física de que algo fue comprado, vendido o robado. Nadie los recoge. Nadie los ignora del todo. Todos los miran, y todos saben qué significan. En *La verdadera y falsa presidenta*, el dinero no compra lealtad, solo silencio temporal. Y cuando ese silencio se rompe, como ocurre en esta escena, el resultado es un remolino de cuerpos, palabras y emociones que nadie puede controlar. Lo más inquietante no es quién gana, sino quién sigue de pie al final, con las manos limpias y la mirada vacía. Porque en este mundo, la inocencia no es una virtud, es una debilidad. Y la mujer en camisa a rayas lo sabe mejor que nadie.