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La verdadera y falsa presidenta Episodio 20

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El engaño de la falsa presidenta

Enrique y Nieves discuten sobre el hecho de que Nieves está siendo confundida con la verdadera presidenta del Grupo Santos, Linda Santos. Enrique sugiere que Nieves aproveche esta confusión para obtener beneficios económicos. Mientras tanto, Linda visita a Lucía para agradecerle en nombre de su padre y se entera de que el hijo de Lucía, Mario, tiene problemas con el juego, lo que podría estar relacionado con un casino ilegal en el pueblo.¿Descubrirá Linda la identidad de quienes están aprovechándose de su nombre y el casino ilegal en el pueblo?
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Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: Cuando el abanico oculta más que revela

Hay una escena en La verdadera y falsa presidenta que se repite, casi como un leitmotiv visual: el abanico de hoja de palma, sostenido por Xiao Mei, girando lentamente en su mano, como si fuera un compás que midiera la distancia entre lo dicho y lo sentido. No es un objeto decorativo; es un instrumento de teatro íntimo, una barrera que ella levanta y baja según le conviene. En el primer encuentro con Cao Fugui, lo usa para cubrir su boca cuando ríe, pero sus ojos, brillantes y calculadores, siguen fijos en él. Ella no está nerviosa; está evaluando. Cada movimiento del abanico —un leve balanceo, un cierre repentino, un golpe suave contra su muslo— es una respuesta no verbal a algo que él ha dicho, o que ella imagina que ha dicho. Y él, por su parte, no puede dejar de mirarlo. No porque le guste el abanico, sino porque sabe que detrás de él hay una mujer que no se deja leer fácilmente. En ese instante, comprendemos que la verdadera tensión de La verdadera y falsa presidenta no está en los diálogos, sino en lo que queda fuera de ellos. Cao Fugui entra en la habitación como si estuviera pisando terreno sagrado. Su postura es rígida al principio, sus manos se aferran a los bordes de su camisa, como si tratara de contener algo que quiere salir. Pero cuando se sienta junto a Xiao Mei, su cuerpo se relaja, y es entonces cuando comienza el juego. Él habla de cosas triviales: el clima, el rumor de que el viejo molino se va a demoler, la falta de luz en el camino hacia el río. Pero sus ojos no están en el horizonte; están en ella. Y ella, con ese abanico entre ambos, lo escucha con una sonrisa que cambia de tono como el agua en un charco tras la lluvia: primero clara, luego turbia, luego casi negra. En un momento, ella lo interrumpe no con palabras, sino con un gesto: cierra el abanico con un chasquido suave y lo apoya sobre su regazo, como si acabara de firmar un acuerdo invisible. Él se inclina ligeramente, y ella, entonces, lo mira directamente, sin pestañear. Es el primer momento en que no hay intermediario entre ellos. Y en ese segundo, el aire se carga. No hay música, no hay efectos especiales; solo el crujido de la madera bajo su peso y el latido que, aunque no se oye, se siente en cada plano. Pero la genialidad de esta serie radica en cómo contrapone esa intimidad cargada con la crudeza de la realidad cotidiana. Mientras Xiao Mei y Cao Fugui navegan en sus aguas ambiguas, Li Na camina por un sendero de tierra, con su mochila al hombro y una expresión que no delata nada. Ella no viene con prisa, ni con miedo. Viene con propósito. Y cuando entra en la casa de la madre de Cao Fugui, el ambiente cambia de inmediato. Ya no hay seda ni luces tenues; hay humo de leña, ollas de barro, y el olor a hierbas secas. La madre, vestida con una blusa de algodón desgastado, la recibe con una sonrisa que intenta ser cálida, pero que se tambalea al ver la mirada de Li Na. No es hostil; es evaluadora. Como si estuviera comparando lo que ve con lo que ha oído. Y entonces, la conversación comienza. No sobre política, ni sobre dinero, ni sobre el pasado. Sobre comida. Sobre batatas. Sobre cómo se prepara el té para calmar los nervios. Pero cada frase es una prueba. Cada pregunta, una trampa disfrazada de hospitalidad. Li Na responde con precisión, con calma, con una educación que no parece aprendida, sino vivida. Ella no se defiende; se explica. Y en ese proceso, vamos descubriendo fragmentos: que ha estado en la ciudad, que conoce a alguien que trabajó en la oficina del alcalde, que ha leído cartas que no le correspondían. Pero nunca miente. O al menos, no de forma directa. Su verdad es selectiva, como el filtro de un té bien preparado: deja pasar lo esencial y retiene lo peligroso. Y la madre, poco a poco, se va desmoronando. No por debilidad, sino por agotamiento. Porque ha estado guardando un secreto durante demasiado tiempo, y ahora, frente a esta mujer joven que habla con voz suave pero mirada firme, siente que el muro que construyó con sus propias manos está a punto de derrumbarse. En un plano cercano, vemos cómo sus dedos se aferran al borde de la mesa, cómo su respiración se acelera, cómo sus ojos se llenan de lágrimas que no caen. Ella quiere hablar, pero no sabe por dónde empezar. Porque ¿cómo se confiesa algo que ha definido toda una vida? La verdadera y falsa presidenta no es una historia de sustitución identitaria al estilo de las telenovelas tradicionales. Es una exploración psicológica de lo que ocurre cuando dos mujeres ocupan el mismo rol, pero desde posiciones opuestas: una desde el privilegio fingido, la otra desde la necesidad real. Xiao Mei no quiere ser la presidenta; quiere ser reconocida como alguien que merece algo más que lo que le han dado. Li Na no quiere el título; quiere la justicia, aunque tenga que fingir ser otra para conseguirla. Y Cao Fugui, atrapado entre ambas, no es el centro de la historia, sino el espejo que refleja sus contradicciones. Su sonrisa, que al principio parece cómplice, poco a poco se vuelve incómoda, como si él mismo empezara a dudar de quién es realmente. El uso del color en esta serie es deliberado y simbólico. Los tonos cálidos de las escenas nocturnas —marrones, ocres, dorados— sugieren intimidad, pero también engaño. Lo que se ve bien iluminado no siempre es lo que es. En cambio, las escenas diurnas, con su luz natural y sus sombras duras, exponen las imperfecciones: las grietas en las paredes, las manchas en la ropa, las líneas de fatiga en los rostros. Incluso el gallo que aparece al inicio no es un simple detalle rural; es un recordatorio de que la vida sigue, implacable, mientras los humanos se debaten entre mentiras y verdades. Y cuando Li Na, al final del episodio, se levanta y se despide con una inclinación apenas perceptible, no sabemos si ha ganado o ha perdido. Solo sabemos que ha cambiado. Y que la próxima vez que veamos el abanico de Xiao Mei, ya no será lo mismo. Porque ahora sabemos que detrás de él no hay solo una mujer, sino una estrategia. Una historia. Una verdad que aún no ha sido dicha, pero que ya está en movimiento. La verdadera y falsa presidenta no nos da respuestas; nos da preguntas que persisten mucho después de que la pantalla se vuelva negra. Y eso, precisamente, es lo que la convierte en una de las series más inteligentes y perturbadoras de los últimos años.

La verdadera y falsa presidenta: El farol que ilumina secretos

En la oscuridad de una noche húmeda, donde las hojas se agitan como testigos mudos, un farol antiguo cuelga entre lianas y ramas secas, emitiendo una luz blanca y fría que parece desafiar el abandono del entorno. No es solo una lámpara; es un símbolo de vigilancia, de presencia encubierta, de algo que no debería estar allí pero está. Y justo detrás de esa luz, en la penumbra, aparece Enrique Rivas —o mejor dicho, Cao Fugui, el hijo mayor de la familia Cao— con la mirada fija, los ojos brillantes como si hubiera descubierto una puerta que nadie más ve. Su camisa estampada, con motivos paisley en tonos azul pálido y gris, contrasta con la crudeza del entorno: madera sin barnizar, paredes de ladrillo descascarillado, una ventana con rejas que parecen más una prisión que una ventana. Él no entra; se asoma. Se acerca. Respira con cautela. Es un gesto de intriga, sí, pero también de ansiedad contenida. ¿Qué busca? ¿A quién observa? La cámara lo capta en perfil, iluminado por el resplandor amarillento que filtra desde el interior, y en ese instante, su rostro se convierte en una máscara de expectativa y temor. No habla, pero sus labios se mueven como si ya estuviera ensayando una frase que aún no se atreve a pronunciar. Luego, el contraste: dentro, una mujer —Xiao Mei, aunque su nombre no se dice, se siente en cada gesto— está sentada en una cama con colcha de flores desvaídas, como si el tiempo hubiera dejado huellas en todo menos en ella. Lleva un camisón de seda blanca con encaje, una bata ligera que se desliza sobre sus hombros, y sostiene un abanico de hoja de palma, ese tipo de abanico que no refresca tanto como disimula. Sus ojos están cerrados al principio, como si estuviera fingiendo indiferencia, pero su respiración es rápida, su piel brilla con sudor tenue bajo la luz cálida. Cuando abre los ojos, no es para mirar al frente, sino hacia la puerta, como si supiera que él está ahí. Y entonces, cuando Cao Fugui finalmente entra, no lo hace con paso firme, sino con una especie de reverencia torpe, como si estuviera entrando a un templo donde él no es el devoto, sino el pecador. Se quita la chaqueta con lentitud exagerada, como si cada gesto fuera una confesión. Ella lo observa con una sonrisa que no llega a sus ojos, y cuando él se acerca, ella levanta el abanico, no para refrescarse, sino para ocultar parte de su rostro, como si quisiera protegerse de lo que va a decir… o de lo que ya ha dicho. La tensión entre ellos no es romántica, no exactamente. Es más compleja: hay atracción, sí, pero también chantaje emocional, dependencia, y quizás, culpa. Cao Fugui habla con voz baja, casi susurrante, mientras ella lo escucha con una sonrisa que cambia de expresión cada dos segundos: primero coqueta, luego irónica, después dolida, y al final, casi desafiante. En un momento clave, él se inclina hacia ella y le susurra algo al oído —la cámara se acerca tanto que vemos cómo su aliento agita un mechón de su cabello— y ella ríe, pero no es una risa sincera; es una risa de quien sabe que ha ganado una batalla, aunque aún no sepa cuál es el precio. Ese abanico, que ha estado presente en casi todos los planos, se convierte en un personaje más: lo usa para ocultar, para señalar, para enfatizar, incluso para golpear suavemente su muslo en un gesto que podría ser cariñoso o amenazante, según el ángulo desde el que se mire. Y entonces, el corte. De pronto, la escena cambia: un gallo come de un plato de barro en un patio de tierra, bajo la luz del día. El contraste es brutal. Ya no hay seda ni abanicos ni luces tenues. Ahora hay polvo, madera gastada, y una mujer joven —Li Na, la otra protagonista de La verdadera y falsa presidenta— que entra con una mochila de tela, sonriendo como si llevara buenas noticias. Pero su sonrisa no dura mucho. Al fondo, una mujer mayor —la madre de Cao Fugui, probablemente— la recibe con una mezcla de alegría y sospecha. Hay una mesa pequeña, con dos cuencos: uno con batatas asadas, otro con algo oscuro que parece hierba seca o té medicinal. Li Na se sienta, y la conversación comienza con trivialidades, pero pronto se vuelve tensa. La madre empieza a hablar con voz temblorosa, sus manos se agitan, sus ojos se humedecen. No llora, pero está al borde. Li Na escucha, y su expresión cambia: de curiosa a preocupada, luego a comprensiva, y finalmente a decidida. Es como si estuviera tomando una decisión interna, una que cambiará el rumbo de todo. Lo que hace fascinante a La verdadera y falsa presidenta no es solo la trama —que, por cierto, gira en torno a una identidad robada, una herencia disputada y una mujer que debe fingir ser quien no es para sobrevivir—, sino la forma en que los detalles visuales cuentan lo que las palabras callan. El abanico de Xiao Mei no es un accesorio; es su arma y su escudo. La camisa de Cao Fugui, con sus patrones intrincados, simboliza su doble vida: aparentemente refinado, pero lleno de grietas. Y Li Na, con su vestido verde oliva y su collar sencillo, representa la verdad cruda, la que no necesita maquillaje ni luces tenues para existir. Cuando la madre empieza a hablar de ‘aquella noche’, su voz se quiebra, y Li Na no interrumpe; simplemente asiente, como si ya hubiera escuchado esa historia antes, en sueños, en rumores, en cartas que nunca llegó a abrir. Hay un momento en el que la cámara se detiene en sus manos: las de la madre, arrugadas y trabajadas, y las de Li Na, más suaves, pero con las uñas cortas y limpias, como si estuviera lista para actuar, no para esperar. La verdadera y falsa presidenta juega con la ambigüedad moral de forma magistral. Nadie es completamente bueno ni malo. Cao Fugui no es un villano; es un hombre atrapado entre el deber familiar y el deseo personal. Xiao Mei no es una seductora frívola; es una mujer que ha aprendido a usar su belleza como moneda de cambio en un mundo que no le da otra opción. Y Li Na… Li Na es la sorpresa. Ella no entra como salvadora, sino como pregunta. ¿Quién es ella realmente? ¿Por qué ha venido? ¿Qué sabe que los demás ignoran? En un plano final, mientras la madre se levanta y sale de la habitación, Li Na permanece sentada, mirando el cuenco de batatas, y su expresión es impenetrable. No sonríe. No frunce el ceño. Solo observa. Y en ese instante, comprendemos: ella no está aquí para resolver nada. Está aquí para tomar el control. La verdadera y falsa presidenta no es solo un título; es una pregunta que el espectador lleva consigo después de cada episodio. ¿Quién tiene razón? ¿Quién merece el poder? ¿Y qué pasa cuando la verdad ya no es suficiente para justificar las acciones? El uso del espacio en esta serie es igualmente inteligente. Las escenas nocturnas están encerradas, claustrofóbicas, con paredes de madera que parecen respirar junto a los personajes. Las escenas diurnas, en cambio, son más abiertas, pero no por eso menos tensas: el patio, con su luz cruda y sus sombras duras, expone cada gesto, cada titubeo. Incluso el gallo, que aparece brevemente, no es un detalle casual; es un recordatorio de que la vida sigue, pase lo que pase, y que en este mundo rural, los secretos no se entierran fácilmente —se cocinan, se comen, y a veces, se regurgitan cuando menos se espera. La verdadera y falsa presidenta no es una historia de poder, sino de identidad fragmentada, de roles impuestos y de mujeres que aprenden a jugar un juego diseñado por hombres, pero que terminan cambiando las reglas desde dentro. Y Cao Fugui, con su mirada inquieta y su sonrisa forzada, es el espejo de esa fragilidad masculina que se derrumba ante la certeza silenciosa de las mujeres que lo rodean.