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La verdadera y falsa presidenta Episodio 27

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El dolor de Mario y la promesa de venganza

Mario descubre que su madre, Lucía, ha fallecido debido a una enfermedad cardíaca, agravada por el estrés de su adicción al juego. Arrepentido, jura dejar las apuestas y encontrar al responsable del casino que arruinó su vida. Con la ayuda de Santiago, se embarca en una misión para descubrir quién está detrás del negocio del juego que afectó a su familia.¿Logrará Mario encontrar al dueño del casino y vengar la muerte de su madre?
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Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: cuando el paraguas oculta más que la lluvia

No es común que un objeto tan cotidiano como un paraguas negro se convierta en el personaje más ambiguo de una escena. Pero en *La verdadera y falsa presidenta*, ese paraguas no protege de la lluvia; protege de la verdad. Chen Wei lo sostiene con una firmeza que bordea lo ritualístico, como si fuera un bastón de mando disfrazado de accesorio funcional. Y mientras Lin Hao se desploma en el suelo del bosque, ella permanece bajo su sombra, seca, intocable, observando con una mirada que no revela compasión ni placer, sino una especie de evaluación clínica: ¿ha sufrido lo suficiente? ¿Está listo para firmar el acuerdo implícito? El paraguas no es un refugio para ambos; es una frontera. Ella está dentro, él está fuera. Y esa línea no es geográfica, es moral. Cada gota que resbala por el borde del paraguas y cae cerca de sus pies es un recordatorio: ella decide cuánto de la tormenta él debe soportar. La secuencia comienza en un espacio cerrado, opresivo, donde el aire parece cargado de polvo y secretos. Lin Hao, con su camisa floral desgastada —un contraste deliberado con la sobriedad del entorno—, se mueve con una agitación que anticipa lo que vendrá. Sus gestos son bruscos, sus palabras, aunque inaudibles en el video, se leen en la tensión de su mandíbula, en cómo aprieta los puños hasta que los nudillos blanquean. Chen Wei, en cambio, está inmóvil. No se acerca. No retrocede. Solo espera. Y esa espera es más aterradora que cualquier amenaza verbal. Porque en *La verdadera y falsa presidenta*, el poder no se ejerce con gritos, sino con pausas. Con silencios que pesan más que los billetes esparcidos por el suelo, esos mismos billetes que parecen haber sido tirados allí no como evidencia, sino como ofrenda fallida: dinero para comprar lo que ya no tiene precio. Cuando Lin Hao se arrodilla, no es un acto de sumisión voluntaria; es una rendición forzada. Sus rodillas golpean el cemento con un sonido seco, y en ese instante, la cámara se acerca a su rostro, capturando no solo el llanto, sino la furia contenida detrás de él. Él no está llorando por la muerte de Shen Yu —aunque eso también—, está llorando por la traición de su propia memoria. Porque en algún momento, creyó que podía cambiar el curso de las cosas. Que aún había tiempo para rectificar. Pero Chen Wei, con su mirada fija y su postura erguida, le está diciendo sin palabras: ya pasó. Ya está sellado. Y el hecho de que ella no lo toque, no lo levante, no le ofrezca una palabra de consuelo, es la mayor crueldad posible. No es que no lo quiera ayudar; es que ya no lo considera digno de ayuda. Solo de cumplimiento. El cambio de escenario al bosque no es una huida, sino una continuación. La lluvia aquí no es un elemento atmosférico; es un personaje activo. Empapa la tierra, hace brillar las hojas, y convierte el suelo en un espejo roto donde Lin Hao ve su propio reflejo distorsionado. La tumba, simple y brutal, con sus caracteres rojos pintados a mano, es una declaración: esto no es un homenaje, es una advertencia. ‘慈母沈钰之墓’ —‘Tumba de la madre bondadosa Shen Yu’—, pero el título en pantalla dice ‘Tumba de Lucía’. ¿Quién es Lucía? ¿Una identidad falsa? ¿Una doble vida? ¿O acaso Shen Yu *era* Lucía, y alguien decidió borrar ese nombre para proteger una historia más conveniente? Esta discrepancia no es un error de producción; es el núcleo de la trama. En *La verdadera y falsa presidenta*, los nombres son armas, y los epitafios, documentos legales falsificados. Lo que sigue es una coreografía de dolor y control. Lin Hao se sacude, se agarra el pecho, como si intentara extraer algo de su interior. Chen Wei, desde atrás, lo observa con una expresión que podría interpretarse como aburrimiento si no fuera por la ligera tensión en su mandíbula. Ella no está indiferente; está calculando. Cada sollozo de él es un dato que registra. Cada gesto descontrolado, una variable que ajustar. Y cuando finalmente extiende la mano con el jade, no es un gesto generoso. Es una prueba. Le está dando una oportunidad de demostrar que aún puede ser útil. Que aún puede guardar el secreto. Porque el jade no es un regalo; es un contrato. Y al aceptarlo, Lin Hao firma con su silencio. Luego, el teléfono. Ella lo saca con una naturalidad que resulta inquietante. No busca cobertura; ya sabe que la tiene. Marca sin mirar la pantalla. Su voz, cuando habla, es baja, clara, sin vacilaciones. No dice ‘está hecho’, ni ‘vuelve’. Solo unas palabras que no podemos escuchar, pero cuyo efecto es inmediato: Lin Hao se detiene. Deja de gritar. Levanta la cabeza, y por primera vez, sus ojos encuentran los de ella no con desesperación, sino con resignación. Ese intercambio visual dura menos de dos segundos, pero contiene toda la historia: él ha entendido que no hay salida. Que ella ya ha movido las fichas. Que la partida terminó antes de que él siquiera supiera que estaba jugando. El paraguas, al final, se cierra lentamente. No porque deje de llover, sino porque ya no es necesario. La tormenta interna de Lin Hao ha cesado, no por curación, sino por agotamiento. Y Chen Wei, al caminar hacia la salida, deja atrás la tumba, el jade, el cuerpo tembloroso del hombre que una vez fue su aliado. No mira atrás. Porque en el mundo de *La verdadera y falsa presidenta*, el pasado no se visita; se entierra. Y quien se atreve a desenterrarlo, debe estar preparado para convertirse en parte del paisaje funerario. Lin Hao aún está allí, arrodillado, con el jade en la mano, bajo el cielo gris. Pero ya no es el protagonista de la escena. Es un monumento viviente a lo que sucede cuando la verdad se convierte en un lujo que solo algunos pueden permitirse. Y Chen Wei, con su mono verde, su reloj de esfera verde y su paraguas negro, se aleja como quien acaba de firmar un acuerdo que nadie podrá romper. Porque en esta historia, la falsa presidenta no necesita mentir. Solo necesita que los demás crean que la verdadera ya no existe.

La verdadera y falsa presidenta: el llanto que rompe el cemento

Hay escenas que no necesitan diálogo para perforar el pecho del espectador. En esta secuencia de *La verdadera y falsa presidenta*, el dolor no se expresa con frases elaboradas ni con monólogos cinematográficos, sino con un grito ahogado en la garganta de un joven que se arrodilla frente a una lápida recién levantada, bajo la lluvia, mientras una mujer observa en silencio, sosteniendo un paraguas como si fuera un escudo contra el caos emocional que la rodea. El protagonista masculino —cuyo nombre, según los subtítulos visuales y el contexto narrativo implícito, parece ser Lin Hao— no grita por una pérdida cualquiera; grita por la imposibilidad de deshacer lo hecho. Su rostro, empapado no solo por la lluvia sino por el sudor de la angustia, se contorsiona con una intensidad que sugiere años de culpa acumulada, no días. Cada contracción muscular, cada temblor en sus manos al tocar la piedra, revela una historia que ya ha sido escrita en su cuerpo mucho antes de que la cámara comenzara a rodar. El entorno es deliberadamente crudo: un espacio industrial abandonado en la primera mitad, con paredes de hormigón descascarillado y billetes esparcidos por el suelo como restos de una transacción fallida o un ritual profano. Allí, Lin Hao se arroja al suelo ante una mujer vestida con un mono verde oliva —identificable como Chen Wei, la figura central de *La verdadera y falsa presidenta*—, quien permanece erguida, inmóvil, casi inhumana en su compostura. No lo consuela. No lo detiene. Solo lo mira, con los ojos abiertos como si estuviera viendo no a un hombre, sino a un fantasma que ha vuelto para reclamarle algo que ella creía haber enterrado. Esa distancia física entre ellos —él en el suelo, ella de pie— no es casual; es una metáfora visual del poder, de la responsabilidad, de quién tiene el control sobre la verdad y quién debe rendir cuentas. Y cuando Lin Hao extiende las manos, suplicante, y Chen Wei le coloca una mano en el hombro, no es un gesto de compasión, sino de contención. Ella no lo levanta; lo contiene. Como si temiera que, si se libera, todo el edificio de mentiras que han construido juntos se derrumbe. Luego, el salto al bosque. La misma pareja, ahora bajo la lluvia constante, frente a una tumba simple, sin flores, sin adornos, solo una losa de cemento con caracteres rojos pintados a mano: 慈母沈钰之墓 —‘Tumba de la madre bondadosa Shen Yu’. Aquí, el título en pantalla (Tumba de Lucía) introduce una capa adicional de ambigüedad: ¿es ‘Lucía’ una traducción forzada? ¿Una identidad oculta? ¿O acaso la tumba no pertenece a quien creemos? Este detalle, tan pequeño, es una bomba de relojería narrativa. Porque si la tumba es de Shen Yu, pero se etiqueta como ‘Lucía’, entonces alguien está manipulando la memoria, borrando identidades, reescribiendo el pasado. Y Lin Hao, al arrodillarse otra vez, no está rezando; está confesando. Sus sollozos no son de duelo, sino de reconocimiento: él sabe quién está allí, y también sabe qué hizo para que terminara así. Lo más escalofriante no es su llanto, sino la calma de Chen Wei. Ella sostiene el paraguas con una mano, la otra en el bolsillo, como si estuviera esperando el autobús. Lleva un reloj de pulsera con esfera verde, un detalle que repite en varias tomas: ¿es un símbolo de tiempo detenido? ¿O de una cuenta regresiva que solo ella puede ver? Cuando saca el teléfono y marca, su expresión no cambia. Ni siquiera parpadea. Es como si ya hubiera tomado la decisión antes de marcar. Y ese gesto —llamar mientras el otro se desmorona— es el verdadero corazón oscuro de *La verdadera y falsa presidenta*: la indiferencia no es ausencia de emoción, sino la emoción más peligrosa de todas, porque permite actuar sin remordimiento. Chen Wei no odia a Lin Hao. Peor aún: lo tolera. Lo necesita. Porque sin él, su versión de la historia carecería de testigo. Sin él, nadie podría confirmar que *ella* fue la víctima, no la artífice. Y luego, el objeto: una pequeña pieza de jade, redonda, colgada de un cordón negro. Chen Wei se la entrega con una lentitud calculada. Lin Hao la recibe como si fuera un veneno. En su palma, la piedra brilla ligeramente bajo la luz difusa del bosque. ¿Es un regalo? ¿Una prueba? ¿Un trofeo? En la cultura china, el jade simboliza pureza, inmortalidad, virtud… pero también puede representar una deuda eterna. Al tomarla, Lin Hao no agradece; se estremece. Porque entiende, en ese instante, que no está siendo perdonado. Está siendo marcado. La piedra no es un símbolo de reconciliación; es un sello. Un recordatorio de que, pase lo que pase, él siempre llevará consigo la culpa, y ella siempre tendrá el poder de recordárselo. Ese jade será su collar invisible, su cadena de oro forjada en silencio. *La verdadera y falsa presidenta* no juega con buenas y malas personas. Juega con versiones. Con relatos que se superponen como capas de pintura en una pared antigua: raspa una, y descubres otra debajo, más oscura, más antigua, más peligrosa. Chen Wei no es simplemente una mujer fría; es una arquitecta del relato. Ha construido una identidad pública —la presidenta justa, la líder firme— sobre los cimientos de una historia privada que nadie debe conocer. Lin Hao, por su parte, no es un villano torpe; es un cómplice consciente que, en algún momento, quiso salir, pero ya era demasiado tarde. Su llanto en el bosque no es el final; es el punto de inflexión donde decide si seguir callando… o hablar. Y el hecho de que aún siga arrodillado, aún siga sosteniendo el jade, sugiere que ha elegido callar. Otra vez. Lo que hace inolvidable esta secuencia es su economía visual. Ningún plano es redundante. El primer plano de los ojos de Chen Wei cuando Lin Hao grita: no hay lágrimas, solo una leve contracción en el entrecejo, como si estuviera resolviendo una ecuación compleja. El ángulo bajo cuando él se levanta, mostrando cómo sus piernas tiemblan, cómo sus zapatillas blancas están manchadas de barro y billetes arrugados —el dinero, otra vez, como testigo mudo de lo que ocurrió antes. La forma en que la cámara se aleja en la última toma, dejándolos pequeños bajo el dosel de árboles, como si la naturaleza misma quisiera absorber su vergüenza. No hay música. Solo el sonido de la lluvia, el viento, y ese grito que se prolonga más de lo natural, como si el actor hubiera decidido no respirar hasta que la cámara dejara de grabar. En el mundo de *La verdadera y falsa presidenta*, la verdad no se encuentra; se negocia. Y quien controla la narrativa, controla el futuro. Chen Wei ya ha ganado la batalla. Pero Lin Hao, con su jade en la mano y la tumba a sus espaldas, aún tiene una carta bajo la manga: el silencio puede ser una armadura… pero también una trampa. Y cuando el silencio se rompe, no será con un grito. Será con una palabra. Una sola. La que ella teme más que cualquier acusación. Porque en esta historia, la mentira no mata. La verdad, cuando finalmente sale a la luz, es lo que entierra a todos.