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La verdadera y falsa presidenta Episodio 47

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El sueño de Gloria

Linda Santos, la presidenta del Grupo Santos, descubre a Gloria, una joven con sueños de superación, pero reprimida por su familia. Linda le ofrece apoyo, pero Gloria desaparece misteriosamente.¿Quién se llevó a Gloria y cuáles son sus intenciones?
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Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: cuando el silencio habla más que las palabras

Hay películas que gritan. Y hay otras, como *La verdadera y falsa presidenta*, que susurran hasta que el susurro se convierte en un eco que retumba dentro del pecho del espectador. En este fragmento, no hay monólogos épicos ni confrontaciones explosivas. Hay dos mujeres, un camino de tierra, una habitación oscura y una cama con colcha floral. Y sin embargo, cada plano, cada gesto, cada pausa, construye una narrativa tan densa que uno necesita varios minutos después para procesar lo que acaba de ver. Porque aquí, el lenguaje no está en lo que se dice, sino en lo que se calla, en lo que se evita, en lo que se toca y luego se retira. Lin Xiao, con su camisa azul atada a la cintura como si fuera un amuleto contra la incertidumbre, es una figura fascinante. Su forma de hablar es medida, casi educada, pero sus ojos cuentan otra historia: una de vigilia constante, de cálculo emocional, de alguien que ha aprendido a leer las reacciones ajenas antes de emitir la propia. Cuando Chen Yu la mira, Lin Xiao no sostiene la mirada por más de dos segundos. No por miedo, sino por respeto. Porque sabe que, en esa mirada, está el juicio que aún no ha sido pronunciado. Y eso es lo que hace que su personaje sea tan complejo: no es una villana, ni una víctima, ni siquiera una heroína. Es una mujer atrapada en una historia que no escribió, pero que debe terminar. Chen Yu, por su parte, representa la inocencia herida, pero no la ingenua. Su vestido, con ese cuello blanco tan infantil, contrasta con la madurez de sus preguntas. Cuando le dice a Lin Xiao: “¿Por qué no me lo dijiste antes?”, no suena como una acusación, sino como una súplica. Una súplica por comprensión, no por justicia. Y es precisamente en ese tono donde *La verdadera y falsa presidenta* brilla: en la capacidad de mostrar que el dolor no siempre necesita ser gritado para ser sentido. La escena en la que Lin Xiao le lava los pies no es un acto de sumisión, sino de reconocimiento. Al tocar los pies de Chen Yu, está tocando la raíz de la historia que las une. Y cuando sus dedos rozan una pequeña cicatriz en el tobillo derecho —una cicatriz que, según el contexto implícito, proviene del accidente del río—, el mundo se detiene. Ese detalle, tan pequeño, tan real, es lo que eleva la escena de lo cotidiano a lo trascendental. La transición al interior de la casa es magistral. La luz cambia de cálida a fría, el aire se vuelve denso, y el sonido se reduce a la respiración y al crujido de la madera bajo los pies. Allí, en la penumbra, las dos mujeres dejan de ser ‘la presidenta’ y ‘la suplantada’, y se convierten simplemente en dos personas que han compartido demasiado para seguir mintiéndose. La conversación nocturna en la cama no es una confesión, sino una negociación silenciosa de límites emocionales. Chen Yu habla de sus sueños, de querer abrir una pequeña tienda de telas en el pueblo. Lin Xiao escucha, y en su rostro se dibuja una sonrisa que no llega a los ojos. Porque ella ya sabe que ese sueño no incluye su presencia. Y aun así, no interrumpe. No niega. Solo asiente, como si estuviera guardando ese deseo en un lugar seguro, para cuando ya no esté. Lo más impactante es cómo el video maneja el tiempo. Las escenas diurnas son largas, fluidas, con planos amplios que invitan a observar el entorno. Las escenas nocturnas, en cambio, son cortas, fragmentadas, con encuadres cercanos que obligan al espectador a mirar directamente a los ojos de las protagonistas. Es una técnica que refleja psicológicamente el estado de ambas: de día, el mundo las ve; de noche, solo ellas se ven a sí mismas. Y en esa intimidad forzada, surge la verdad. No una verdad absoluta, sino una verdad provisional, negociada, frágil. Como el nudo en la camisa de Lin Xiao, que se afloja con cada paso que da hacia la honestidad. Cuando Lin Xiao despierta sola y sale corriendo, el ritmo cambia. Ya no hay pausas. Hay urgencia. Y entonces aparece el tío, con su cesta y su mirada de quien ha visto demasiado. Su aparición no es un giro argumental, sino una confirmación: el secreto ya no es solo de ellas. Y en ese momento, el título *La verdadera y falsa presidenta* adquiere un nuevo matiz: ya no se trata de quién es la auténtica, sino de quién está dispuesta a asumir las consecuencias de la verdad. Porque la verdadera presidenta no es la que tiene el título, sino la que tiene el valor de decir: “Esto es lo que pasó. Y esto es lo que voy a hacer ahora.” El video no nos da una respuesta definitiva. Lin Xiao se queda en el patio, mirando hacia el horizonte, con la camisa ondeando y el nudo casi deshecho. Y eso es lo que hace que *La verdadera y falsa presidenta* sea tan memorable: no nos ofrece cierre, sino posibilidad. Nos deja preguntándonos: ¿qué harías tú? ¿Te quedarías con la identidad que te dio estabilidad, aunque no fuera la tuya? ¿O darías un paso al vacío, sabiendo que podrías perderlo todo, pero ganar tu propio nombre? En un mundo donde la identidad se construye con *likes* y perfiles, esta historia nos recuerda que, al final, lo único que no podemos delegar es nuestra conciencia. Y Lin Xiao, con sus manos aún húmedas del agua de la palangana, está a punto de hacer esa elección. No con un discurso, sino con un gesto. Con un paso. Con el simple acto de soltar el nudo.

La verdadera y falsa presidenta: el nudo en la camisa que revela todo

En una escena aparentemente tranquila bajo la luz dorada del atardecer rural, dos mujeres se enfrentan sin gritos ni gestos exagerados, pero con una tensión que se filtra entre las hojas de los árboles y el susurro del viento. La primera, con su camisa azul celeste anudada a la cintura —un detalle tan casual que casi pasa desapercibido—, lleva el cabello recogido en una coleta baja, pendientes pequeños y una pulsera de cuero con reloj minimalista. Su postura es firme, pero sus ojos no dejan de parpadear con una inquietud que contradice su calma exterior. Ella es Lin Xiao, la figura que, según los rumores locales, ha asumido un rol que no le corresponde. No es una impostora por ambición, sino por necesidad. Y eso es lo que hace que *La verdadera y falsa presidenta* no sea solo una historia de identidades robadas, sino de sacrificios silenciosos. La segunda mujer, vestida con un vestido azul pálido de cuello blanco tipo Peter Pan, con mangas abullonadas y botones plateados que brillan como lágrimas contenidas, es Chen Yu. Su mirada es más directa, más vulnerable, pero también más interrogante. Cuando habla, su voz no sube, pero sus labios tiemblan ligeramente al pronunciar ciertas palabras. No está acusando; está buscando respuestas. En el intercambio visual entre ellas, hay una historia previa que no se cuenta con diálogos, sino con pausas, con el modo en que Lin Xiao evita tocar el brazo de Chen Yu, aunque su mano se acerca casi instintivamente. Ese gesto, repetido tres veces en los primeros minutos del video, es clave: es el reflejo de una culpa que aún no ha sido nombrada, pero que ya pesa sobre ambas. El entorno refuerza esta dualidad. Afuera, el campo verde, los arrozales al fondo, el cielo claro: un paisaje idílico que contrasta con lo que ocurre dentro. Cuando ambas caminan juntas por el sendero de madera, sus pasos son sincronizados, pero sus hombros están ligeramente separados, como si temieran que cualquier contacto físico rompiera el frágil equilibrio que mantienen. La cámara las sigue desde atrás, y en ese plano largo, se percibe cómo Lin Xiao ajusta su camisa —otra vez ese nudo— como si intentara contener algo que amenaza con desbordarse. Es entonces cuando el espectador entiende: ese nudo no es moda, es una metáfora. Un intento de atar lo que ya se está deshilachando. Y luego, la transición. De la luz al oscuro. De la calle al interior humilde de una casa de madera, donde cuelgan ropa y una bombilla desnuda ilumina apenas lo suficiente para ver el dolor. Chen Yu está sentada, con las piernas dobladas, los zapatos blancos manchados de barro. Lin Xiao se arrodilla frente a ella, no con solemnidad, sino con urgencia. Lleva una palangana de madera y un paño limpio. Lo que sigue no es un ritual médico, sino un acto de reparación simbólica. Mientras lava los pies de Chen Yu, sus manos tiemblan, y en un primer plano cercano, se ve cómo una lágrima cae sobre el agua, diluyéndose sin dejar rastro. Chen Yu no dice nada, pero su respiración se acelera. En ese momento, el título *La verdadera y falsa presidenta* adquiere una nueva dimensión: ¿quién es la verdadera? ¿La que ocupa el cargo, o la que carga con el peso moral? Más tarde, en la cama compartida bajo una colcha con flores desgastadas, las dos mujeres conversan en voz baja. Lin Xiao ya no lleva la camisa anudada; ahora viste una blusa blanca sencilla, sin adornos, como si hubiera decidido quitarse la máscara. Chen Yu, aún con su vestido, parece más relajada, pero sus ojos siguen vigilantes. Hablan de cosas triviales al principio —el clima, el crecimiento de los cultivos—, pero poco a poco, la conversación deriva hacia el pasado. Se menciona, sin nombrarlo directamente, el accidente del río, la carta que nunca llegó, el nombre que fue asignado por error. Aquí, el guion de *La verdadera y falsa presidenta* juega con la ambigüedad ética: Lin Xiao no tomó el puesto con engaño deliberado, sino que lo heredó tras un malentendido trágico, y lo mantuvo porque creyó que era lo mejor para todos. Pero ¿es justo que alguien viva bajo una identidad prestada, incluso si lo hace con buena intención? El momento culminante llega cuando Chen Yu, con una sonrisa trémula, dice: “No necesito que me devuelvas lo que perdiste. Solo quiero saber quién eres ahora”. Esa frase, dicha con tanta suavidad, golpea con más fuerza que cualquier acusación. Lin Xiao se queda en silencio, y en ese silencio, el espectador ve cómo su rostro se transforma: no de defensa a rendición, sino de máscara a humanidad. Por primera vez, no es la ‘presidenta’, ni la ‘falsa’, ni siquiera la ‘culpable’. Es simplemente Lin Xiao, una mujer que ha estado corriendo durante años, y que por fin ha encontrado un lugar donde puede detenerse. Al día siguiente, Lin Xiao despierta sola. La cama está deshecha, la colcha arrugada, y Chen Yu ya no está. Se levanta con una expresión de confusión que rápidamente se convierte en alarma. Se viste apresuradamente, se pone la camisa azul otra vez —el nudo, esta vez, más flojo— y sale corriendo. El exterior es gris, el cielo cubierto, y el ambiente ya no es idílico, sino tenso. Entonces aparece él: un hombre con camiseta de camuflaje y una cesta de mimbre al hombro, que la detiene con una mirada severa. Es el tío de Chen Yu, el único que conocía la verdad desde el principio. Su diálogo es breve, pero cargado: “Ella ya lo sabe. Y ahora tú debes decidir: ¿sigues fingiendo, o empiezas a vivir?” Lin Xiao no responde. Solo se queda allí, en medio del patio, con el viento moviendo su cabello suelto y la camisa ondeando como una bandera a medio izar. En ese instante, el espectador comprende que *La verdadera y falsa presidenta* no trata sobre quién tiene derecho a un título, sino sobre quién tiene el coraje de ser quien realmente es. La historia no termina con una revelación pública ni con un juicio, sino con una elección silenciosa: seguir caminando con el nudo en la camisa, o deshacerlo, aunque eso signifique perderlo todo. Y tal vez, justo ahí, esté la verdadera grandeza de la serie: no en el drama, sino en la quietud antes del cambio. Porque a veces, la mayor revolución no es tomar el poder, sino renunciar a la mentira que lo sostiene. Lin Xiao aún no ha decidido. Pero ya no corre. Está de pie. Y eso, en sí mismo, es un comienzo.