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La verdadera y falsa presidenta Episodio 72

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Confianza Traicionada

Linda Santos, disfrazada de una persona común, descubre que una impostora está usando su nombre para estafar a los aldeanos en el proyecto de la fábrica de frutas. Enrique, un antiguo conocido, es el único que parece confiar en la verdadera Linda, mientras los demás aldeanos caen en la trampa de la impostora. Linda decide actuar para proteger a su pueblo y su proyecto.¿Podrá Linda Santos revelar su verdadera identidad y detener a la impostora antes de que sea demasiado tarde?
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Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: cuando el guion se rompe en vivo

Hay escenas que no necesitan diálogo para contar una historia completa. Esta, capturada bajo un toldo de madera en medio de un paisaje rural, es una de esas. No es una filmación pulida ni una producción de gran presupuesto; es algo más valioso: una grieta en la ficción, donde la actuación se mezcla con la reacción real, donde los personajes parecen olvidar por un instante que están siendo grabados. En *La verdadera y falsa presidenta*, ese instante se convierte en el núcleo de toda la tensión. El protagonista, cuyo nombre —según los rumores del set— es Thanh, no actúa: *existe* en el caos. Su chaqueta verde, su camisa floral, su pañuelo en el bolsillo… todo está cuidadosamente elegido, pero su cuerpo no sigue el guion. Se inclina demasiado hacia Linh, le toca el hombro sin permiso, luego retrocede como si se hubiera quemado. Ese contacto físico no está escrito; es un error que se convierte en revelación. Porque en ese momento, Linh no responde con frialdad, sino con una sacudida mínima, casi imperceptible, que dice más que mil líneas de diálogo: ella no lo esperaba. Y eso cambia todo. La mujer de la falda plateada —Mai, sin duda— observa desde el lado derecho, con los brazos cruzados y una sonrisa que no llega a sus ojos. Ella es la única que parece disfrutar del descontrol. Cuando Thanh levanta los brazos, ella no se sorprende; al contrario, asiente ligeramente, como si estuviera viendo cumplirse una profecía. Su anillo, grande y dorado, brilla bajo la luz tenue, y en un plano cercano, se ve cómo lo gira lentamente mientras habla. ¿Es un tic nervioso o una señal codificada? Nadie lo sabe, pero el gesto se repite tres veces en menos de treinta segundos, como un reloj que marca el tiempo hasta la explosión. En *La verdadera y falsa presidenta*, los detalles pequeños son los que llevan la carga emocional: el modo en que Mai ajusta su pendiente antes de hablar, el modo en que Linh se muerde el interior de la mejilla cuando está pensando, el modo en que el hombre mayor cruza los brazos y baja la mirada, como si ya hubiera visto este final mil veces. El documento que circula entre ellos no es un contrato, ni una carta, ni una prueba. Es un objeto simbólico, una reliquia que cada uno interpreta según sus propias necesidades. Para Thanh, es una herramienta de poder; para Linh, una trampa; para Mai, un juguete. Cuando Linh lo levanta y lo arroja al aire, no es un acto de rebeldía, sino de liberación. Ella no quiere ganar; quiere salir del juego. Y eso es lo que hace temblar a Thanh: no la resistencia, sino la indiferencia. Porque si ella ya no se importa, su estrategia se derrumba. En ese instante, su sonrisa se vuelve forzada, sus gestos se vuelven más grandes, más teatrales, como si intentara recuperar el control con pura energía física. Pero ya es tarde. La grieta está abierta. La mesa roja, cubierta con un mantel que parece nuevo pero ya tiene manchas, es el altar de esta ceremonia secular. Sobre ella, el dinero está esparcido como si fuera basura, y sin embargo, todos lo miran con respeto. No es el valor nominal lo que importa, sino lo que representa: la posibilidad de cambiar el orden. Cuando una mano —no se sabe de quién— lo toca, la cámara se enfoca en los dedos, en la textura del papel, en la sombra que proyecta el billete sobre el mantel. Es un momento de quietud absoluta, como si el mundo hubiera dejado de girar durante un segundo. Y entonces, Mai habla. Su voz es suave, pero sus palabras tienen filo. No grita; no necesita hacerlo. Solo señala con un dedo, y todos se detienen. Ese gesto, tan simple, es el verdadero punto de inflexión. Porque en ese momento, no es Thanh quien dirige la escena, ni Linh quien la cuestiona, ni el hombre mayor quien la observa: es Mai quien dicta el ritmo. Y eso es lo que hace de *La verdadera y falsa presidenta* una obra tan perturbadora: no sabemos quién es la verdadera presidenta, porque ninguna de ellas actúa como tal. Todas están fingiendo, todas están esperando, todas están listas para traicionar. El entorno, con sus árboles altos y su luz difusa, refuerza esa sensación de limbo. No es de día ni de noche; es el crepúsculo emocional, donde las sombras son largas y las intenciones, ambiguas. Los personajes no están en un lugar específico; están en un estado mental. Y la cámara lo sabe: se mueve con ellos, los sigue, los corta, los vuelve a unir, como si estuviera tratando de descifrar el código que ellos mismos están escribiendo en tiempo real. En un plano, vemos a Linh desde atrás, su cabello recogido con una horquilla de perlas, y detrás de ella, Thanh, con la boca abierta, como si acabara de decir algo que no debería haber dicho. Ese encuadre no es casual; es una confesión visual. Él ha cometido un error, y ella lo sabe. Pero no lo denuncia. Lo guarda. Y eso es lo más peligroso de todo. Al final, cuando Thanh ríe, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás, no es una risa de victoria. Es una risa de alivio, de agotamiento, de rendición. Como si hubiera corrido una maratón y acabara de cruzar la meta, pero sin saber si ganó o perdió. Y Mai, desde su posición privilegiada, lo observa con una sonrisa que ahora sí llega a sus ojos. Porque ella sí lo sabe. Ella siempre lo ha sabido. En *La verdadera y falsa presidenta*, la verdad no está en lo que se dice, sino en lo que se calla, en lo que se hace sin pensar, en lo que se rompe sin querer. Y quizás, al final, la única presidenta verdadera sea la que nunca aceptó el título.

La verdadera y falsa presidenta: el dinero que divide a los amigos

En medio de un entorno rural, donde los árboles altos y la luz difusa crean una atmósfera de calma fingida, se desarrolla una escena cargada de tensión emocional y simbólica. La verdadera y falsa presidenta no es solo un título; es una metáfora viviente que se despliega ante nuestros ojos con cada gesto, cada mirada cruzada y cada hoja de papel que cambia de manos como si fuera un arma. El protagonista masculino, vestido con una chaqueta verde oscuro sobre una camisa floral negra y blanca —un contraste visual que ya anticipa su dualidad—, se mueve entre los personajes con una energía teatral, casi exagerada, como si estuviera actuando para una audiencia invisible. Sus expresiones van desde el éxtasis fingido hasta la irritación contenida, pasando por una sonrisa forzada que revela más dientes que sinceridad. Cuando levanta los brazos al cielo, no parece estar orando, sino reclamando algo: reconocimiento, justicia, o tal vez simplemente el control del momento. Ese gesto, repetido en dos ocasiones distintas, funciona como un leitmotiv visual: él quiere ser el centro, el narrador, el juez y el acusado al mismo tiempo. La mujer en la camisa blanca con rayas finas —cuyo nombre, según los subtítulos implícitos del guion, podría ser Linh— representa la voz de la razón, aunque su postura defensiva (brazos cruzados, cejas fruncidas, mirada evasiva) sugiere que está cansada de ser la única que mantiene los pies en la tierra. Su reacción al ver el montón de billetes sobre la mesa roja no es de codicia, sino de desconcierto. Ella no toca el dinero; lo observa como si fuera veneno. En un momento clave, levanta una hoja de papel y la arroja al aire con un movimiento brusco, casi ritualístico. No es un acto de rebeldía, sino de renuncia: está diciendo «ya no quiero jugar este juego». Esa acción, tan sutil y tan potente, marca un punto de inflexión en *La verdadera y falsa presidenta*, donde las apariencias se desgastan como tela vieja bajo la lluvia constante de las mentiras no dichas. Detrás de ella, la figura de Mai —la mujer con falda plateada brillante y blusa negra transparente— observa todo con una sonrisa ambigua, casi cómplice. Su maquillaje intenso, especialmente el rojo de sus labios, contrasta con la naturalidad del entorno. Ella no necesita gritar para imponerse; su presencia basta. Cuando habla, sus manos se mueven con precisión, como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible. En un plano cercano, se ve cómo ajusta su anillo con un gesto calculado, como si estuviera reafirmando su posición. Es evidente que Mai no es una simple espectadora: ella es quien ha organizado esta reunión, quien ha puesto el dinero sobre la mesa, quien ha elegido a los actores. Y sin embargo, nunca toca los documentos. Deja que otros los manipulen, mientras ella permanece intacta, como una reina que delega el trabajo sucio a sus sirvientes. En *La verdadera y falsa presidenta*, el poder no está en quién habla más, sino en quién decide cuándo callar. El hombre mayor, con chaqueta azul y expresión neutra, aparece brevemente pero deja huella. Su silencio es más elocuente que las palabras de los demás. Cuando el protagonista le entrega un documento, él lo recibe sin mirarlo, como si ya supiera su contenido. Esa indiferencia es peligrosa: sugiere que el sistema ya está corrompido, que las reglas están escritas antes de que comience el juego. Y entonces entra la mujer de la camisa a cuadros, con su cabello recogido y su collar dorado, quien sostiene una hoja con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos. Su voz, aunque no se escucha en el video, se puede imaginar temblorosa, llena de indignación contenida. Ella representa la generación anterior, la que aún cree en la justicia formal, en los papeles firmados, en las pruebas tangibles. Pero su frustración es palpable cuando el protagonista la ignora y se dirige a Linh, como si ella fuera la única que merece ser escuchada. Ese desprecio silencioso es uno de los momentos más crueles de la escena. El entorno juega un papel crucial: el toldo de madera, las tablas desgastadas, el campo verde al fondo… todo sugiere una comunidad rural, donde las relaciones personales pesan más que los contratos legales. Y sin embargo, aquí se está negociando con dólares estadounidenses, una moneda extranjera que simboliza la intrusión del capitalismo global en espacios tradicionales. El dinero no está escondido; está expuesto, como un desafío. Y cada persona reacciona de forma distinta: Linh lo rechaza con el cuerpo, Mai lo usa como telón de fondo para su performance, el protagonista lo menciona sin nombrarlo directamente, como si fuera un secreto compartido. En *La verdadera y falsa presidenta*, el dinero no compra lealtad; más bien, revela quién ya la ha vendido. Lo más interesante es cómo la cámara juega con los encuadres. En los planos medios, vemos a los personajes como individuos; en los primeros planos, sus emociones se vuelven insoportables, casi físicas. Cuando Linh frunce el ceño, no es solo una expresión: es una barricada. Cuando Mai sonríe, no es alegría: es una advertencia disfrazada de cortesía. Y cuando el protagonista ríe al final, con la cabeza echada hacia atrás, esa risa no es de triunfo, sino de alivio nervioso, como si acabara de evitar un desastre… o como si estuviera a punto de provocarlo. *La verdadera y falsa presidenta* no termina con una resolución clara; termina con una pregunta colgando en el aire: ¿quién de ellos tiene razón? ¿O ninguno? Porque en este mundo, la verdad no es una cosa fija, sino una posición que se negocia, se vende, se oculta tras una sonrisa o un papel arrugado. Y quizás, al final, lo único real sea el silencio que queda después de que todos se han ido y solo quedan los billetes sobre la mesa roja, esperando a que alguien los recoja… o los queme.