PreviousLater
Close

La verdadera y falsa presidenta Episodio 6

like2.2Kchaase2.1K

La usurpadora de identidad

Linda Santos descubre que alguien está usando su identidad para obtener beneficios en el pueblo, mientras ella investiga bajo su verdadero nombre para acelerar el proyecto de la planta de frutas.¿Podrá Linda desenmascarar a la falsa presidenta antes de que cause más daño?
  • Instagram

Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: Cuando el paraguas blanco se convierte en arma

Hay escenas que no necesitan diálogos para herir. En *La verdadera y falsa presidenta*, una de esas escenas ocurre bajo la lluvia, con un paraguas blanco, un vestido rosado y una mano que se extiende para abrir una puerta de coche. Li Na, con su maquillaje impecable a pesar de la humedad en el aire, sostiene el paraguas con una elegancia que parece ensayada, como si estuviera posando para una fotografía que nadie va a publicar. Pero lo que nadie ve —y lo que la cámara sí capta, en un primer plano casi imperceptible— es que sus nudillos están blancos, tensos, como si estuviera sujetando no un paraguas, sino una espada. Ese detalle, minúsculo, es el que define su personaje: no es una impostora por falta de habilidad, sino por exceso de control. Ella no se equivoca; simplemente elige mal. Y esa elección tiene consecuencias que se extienden mucho más allá de una cena nocturna o una partida de mahjong. Chen Wei, en contraste, no lleva paraguas. Está mojada, su camisa rosa pálido se ha vuelto translúcida en algunos puntos, y aun así no se queja. Se limita a observar, desde la distancia, cómo Li Na sube al coche, cómo Zhao Guoqiang le da un leve golpe en la espalda —un gesto que podría interpretarse como cariño, pero que en el lenguaje corporal de esta serie significa ‘has cumplido tu función’. Chen Wei no se mueve. No corre. Solo cierra los ojos por un segundo, y en ese segundo, el mundo entero parece detenerse. Es ahí donde el espectador entiende que la verdadera batalla no se libra en las mesas de juego, sino en los espacios vacíos entre las personas, en los silencios que nadie se atreve a romper. *La verdadera y falsa presidenta* no es una lucha por un título; es una lucha por la legitimidad emocional, por el derecho a existir sin tener que justificarse ante nadie. Las dos mujeres mayores, Zhang Aiyun y Wang Lihua, son los verdaderos árbitros de esta guerra silenciosa. Zhang Aiyun, con su chaqueta a cuadros y su postura erguida, representa la tradición, la memoria colectiva, la voz que recuerda quién era quién antes de que todo se volviera confuso. Ella no necesita hablar mucho; basta con que levante una ceja, o que deje caer una ficha de mahjong con un ruido metálico, para que el ambiente cambie. Wang Lihua, por su parte, es la ambigüedad personificada: sonríe, asiente, sirve té, pero sus ojos nunca pierden foco. En una escena crucial, cuando Chen Wei se acerca a la mesa con una taza en la mano, Wang Lihua extiende su brazo y, sin decir palabra, le quita la taza. No es un gesto agresivo; es un acto de protección. O de advertencia. Nadie sabe cuál de los dos es, y eso es precisamente lo que hace que *La verdadera y falsa presidenta* sea tan fascinante: no hay villanos claros, solo personas atrapadas en roles que ya no les pertenecen. El hombre con la chaqueta de camuflaje —Li Jian— aparece casi como un fantasma, entrando y saliendo del encuadre sin que nadie parezca notarlo, excepto Chen Wei. Él es el único que la mira directamente, sin juzgar, sin compadecerse. En un plano breve, cuando ella está sentada en el suelo, él se agacha a su altura y le entrega algo pequeño, envuelto en papel de seda. Ella no lo abre. Lo guarda en el bolsillo de su falda, y ese gesto, tan sutil, es más significativo que cualquier discurso. Porque en este mundo, donde las palabras son monedas falsas, los gestos son la única divisa válida. Li Jian no habla, pero su presencia es una declaración: hay otros caminos, otras formas de resistir, que no implican gritar ni fingir. La cena final, bajo la luz cruda de una bombilla colgante, es donde se revela la verdad oculta. Las mesas están desordenadas, los platos sucios, las semillas de girasol forman pequeños montículos como si fueran ruinas de una civilización antigua. Zhang Aiyun come con parsimonia, pero sus ojos están fijos en Chen Wei, que ahora camina entre las mesas con una determinación nueva. No es la misma mujer que entró al lugar. Algo ha cambiado. Y cuando se detiene frente a Zhao Guoqiang, no habla. Solo lo mira. Y él, por primera vez, evita su mirada. Ese instante es el punto de inflexión: la falsa presidenta ha perdido su máscara, y la verdadera… aún no ha decidido si quiere ponérsela. El último plano es Chen Wei, de espaldas, caminando hacia la salida. La cámara la sigue desde atrás, mostrando cómo su falda se mueve con cada paso, cómo su cabello, ligeramente húmedo, brilla bajo la luz tenue. Y entonces, justo antes de que desaparezca, se detiene. Gira ligeramente la cabeza, no lo suficiente como para ver su rostro, pero sí para que el espectador perciba que está sonriendo. No es una sonrisa amarga, ni triunfal. Es una sonrisa de quien ha comprendido las reglas del juego y ha decidido jugarlas a su manera. En *La verdadera y falsa presidenta*, el poder no está en las manos que sostienen el micrófono, sino en las que saben cuándo soltarlo. Y Chen Wei, al final, no necesita un vestido rosado ni un paraguas blanco. Solo necesita saber que, aunque el mundo la vea caer, ella decide cuándo levantarse. Y eso, amigos, es lo que separa a una presidenta de una simple actriz en un escenario demasiado grande para ella.

La verdadera y falsa presidenta: El vestido rosado que ocultaba una historia

En la penumbra de una noche adornada con luces de colores desenfocadas, como si el mundo entero estuviera celebrando algo que nadie había invitado, aparece Li Na, con su vestido de flores rosadas, un atuendo que parece sacado de una postal de verano pero que en realidad esconde una tensión casi palpable. Su sonrisa es demasiado perfecta, sus gestos demasiado calculados, y cada vez que se ajusta el cinturón del vestido —un nudo delicado, casi simbólico— uno no puede evitar preguntarse: ¿está preparándose para una entrada triunfal… o para una retirada estratégica? La cámara la sigue con una lentitud deliberada, como si temiera perder un parpadeo, y en esos momentos, cuando sus labios se abren para hablar, no emite palabras, sino silencios cargados de intención. Es ahí donde comienza la verdadera trama de *La verdadera y falsa presidenta*: no en lo que se dice, sino en lo que se calla. Mientras tanto, en otro plano, casi como un contrapunto visual y emocional, está Chen Wei, con su camisa rosa pálido, mangas enrolladas, botones superiores desabrochados, como si hubiera intentado relajarse pero no lograra desprenderse del peso de la expectativa. Ella no habla mucho, pero sus ojos lo hacen todo: observan, juzgan, recuerdan. En una escena clave, cuando Li Na gira ligeramente hacia la izquierda, Chen Wei cierra los ojos por un instante —no por cansancio, sino por dolor reprimido— y ese microgesto revela más que cualquier monólogo. La dirección de arte juega con el contraste: Li Na bajo luces cálidas y festivas, Chen Wei sumergida en sombras frías, casi monocromáticas, como si su interior fuera un paisaje sin estaciones. Y aún así, ambas comparten el mismo espacio, la misma ciudad, la misma mesa de mahjong donde las fichas no solo se mueven, sino que cuentan historias anteriores a la propia narrativa. El mahjong, por cierto, no es un mero adorno. Es un ritual. Las dos mujeres mayores —Zhang Aiyun y Wang Lihua— están sentadas frente a frente, con sus manos sobre las fichas como si sostuvieran el destino de alguien más. Zhang Aiyun, con su chaqueta a cuadros y su mirada afilada, no pierde detalle; cada vez que Li Na se acerca, ella inclina ligeramente la cabeza, como si estuviera pesando no solo las fichas, sino la credibilidad de la joven. Wang Lihua, por su parte, sonríe con los labios cerrados, una sonrisa que no llega a los ojos, y cuando Li Na le entrega algo envuelto en papel rojo (¿un regalo? ¿una prueba?), su pulgar acaricia el borde del paquete con una lentitud inquietante. Ese momento, apenas tres segundos, es uno de los más cargados del episodio: el regalo no es el objeto, sino lo que representa. En *La verdadera y falsa presidenta*, los objetos tienen memoria, y este paquete rojo ya ha sido visto antes, en una escena anterior, en manos de un hombre mayor que luego desaparece sin explicación. Y hablando del hombre mayor: Zhao Guoqiang, con su camisa gris desgastada y su cabello peinado hacia atrás con excesiva precisión, es la figura que conecta todos los hilos. Él no grita, no discute, simplemente se acerca, se inclina, y con un gesto de la mano —como si estuviera apartando humo— cambia el rumbo de toda la escena. Cuando Li Na sube al coche bajo la lluvia, sosteniendo un paraguas blanco que contrasta con su vestido rosado, Zhao Guoqiang le abre la puerta con una reverencia casi teatral. Pero su mirada, al levantar la cabeza, no es de respeto: es de evaluación. Como si estuviera confirmando una hipótesis. Y justo entonces, la cámara corta a Chen Wei, que está arrodillada en el suelo, con las manos apoyadas en una banca de madera, respirando con dificultad. No llora. No grita. Solo respira, como si estuviera tratando de contener algo que ya está a punto de romper. Ese es el momento en que el espectador entiende: esta no es una historia sobre quién es la verdadera presidenta. Es sobre quién está dispuesta a fingir que lo es, y quién está dispuesta a pagar el precio por no hacerlo. La cena posterior, bajo una bombilla desnuda que cuelga del techo como un testigo incómodo, es donde todo se desmorona. Las mesas están llenas de platos vacíos, semillas de girasol esparcidas, vasos de plástico medio llenos. Zhang Aiyun come con calma, pero sus ojos no dejan de moverse, siguiendo cada gesto de Chen Wei, que ahora se ha levantado y camina entre las mesas con una lentitud que parece forzada. Cuando pasa junto a Zhao Guoqiang, él no la mira. Ni siquiera parpadea. Eso es más cruel que cualquier insulto. Y entonces, en un plano secundario, vemos a Wang Lihua levantarse, tomar su bolso y dirigirse hacia la salida, mientras murmura algo que no se oye, pero que hace que Chen Wei se detenga en seco. La cámara se acerca a su rostro: sus labios tiemblan, sus cejas se juntan, y por primera vez, su expresión no es de resignación, sino de furia contenida. Es en ese instante cuando el título *La verdadera y falsa presidenta* cobra todo su sentido: porque no se trata de un cargo, ni de un título, sino de la capacidad de decidir quién merece ser visto, quién merece ser escuchado, y quién debe permanecer en la sombra, incluso cuando lleva el vestido más brillante de la fiesta. El final no es un desenlace, sino una pregunta. Chen Wei se sienta en el suelo, no por debilidad, sino por elección. Sus manos están limpias, sus zapatos blancos aún intactos, y cuando levanta la vista, no mira a nadie en particular. Mira al vacío, como si estuviera hablando con alguien que solo ella puede ver. Y en ese momento, la cámara se aleja, mostrando el patio, las luces de fondo, el coche negro que se aleja, y el cartel rojo colgado en la columna, con caracteres dorados que dicen ‘Wan Ma Ben Teng’, una frase que, según el contexto, podría traducirse como ‘mil caballos corriendo juntos’ —una metáfora de unidad, de fuerza colectiva… o de caos controlado. Porque en *La verdadera y falsa presidenta*, nada es lo que parece, y nadie está realmente a salvo de ser reemplazado, incluso por sí mismo. La última imagen es Chen Wei, de espaldas, con su camisa rosa iluminada por una luz lateral, mientras sus dedos tocan el borde de la banca, como si estuviera grabando una firma invisible. Y entonces, el corte a negro. Sin música. Sin diálogo. Solo el eco de lo que no se dijo.