PreviousLater
Close

La verdadera y falsa presidenta Episodio 17

like2.2Kchaase2.1K

El Desafío de Linda

Linda Santos, disfrazada para investigar los retrasos en la construcción de la planta de frutas, enfrenta a quienes intentan aprovecharse de su familia y su pueblo, demostrando su determinación y coraje.¿Podrá Linda mantener su identidad oculta mientras enfrenta a estos adversarios?
  • Instagram

Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: Cuando el suelo tiembla y nadie se mueve

Hay momentos en el cine que no necesitan diálogo para detonar una catástrofe emocional. Este es uno de ellos. El patio de tierra compacta, salpicado de restos de ropa colgada y una cesta de mimbre con un lazo rojo —símbolo recurrente en *La verdadera y falsa presidenta*—, se convierte en un escenario teatral donde cada persona ocupa una posición estratégica, como fichas en un juego de shogi invisible. La cámara no se apresura; se detiene, respira, observa. Y lo que observa es una tensión que no se libera con gritos, sino con el crujido de una silla de plástico roja bajo el peso de Mei, quien, tras sentarse, cruza las piernas con una lentitud deliberada, como si estuviera ajustando el reloj del destino colectivo. Sus uñas pintadas de rojo intenso contrastan con la palidez de sus manos, y su anillo —un diamante pequeño pero impecable— capta la luz de forma casi ofensiva. Ella no necesita alzar la voz; su presencia es suficiente para hacer que el aire se vuelva denso, como antes de una tormenta que nunca llega, pero que todos sienten en los huesos. Ling, por su parte, permanece de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si protegiera algo más valioso que su propia piel. Su vestido rosa, aunque aparentemente sencillo, tiene costuras que siguen la curva de sus hombros con una precisión casi quirúrgica. Es una prenda diseñada para no llamar la atención, pero que, en este contexto, grita su diferencia. Ella no pertenece del todo a este lugar, y eso es lo que la hace peligrosa. No porque quiera destruirlo, sino porque ve lo que los demás han aprendido a ignorar. Cuando se lleva la mano al cabello, con un gesto que parece casual pero que en realidad es una señal de alerta interna, su mirada se dirige hacia la excavadora KINHO, cuya marca está desgastada por el uso, igual que las promesas que alguna vez se hicieron en este mismo patio. El operario, un hombre de mediana edad con arrugas profundas alrededor de los ojos, no mira a nadie mientras maneja la palanca. Él no es parte del drama; es su instrumento. Y eso es lo más aterrador de todo: que el peligro no venga de alguien con intenciones maliciosas, sino de alguien que simplemente cumple órdenes sin preguntar por el significado de lo que está destruyendo. La interacción entre Mei y Madre Chen es el núcleo de esta escena. No hay abrazos, no hay lágrimas, solo un toque en el antebrazo, una sonrisa contenida, un leve asentimiento de cabeza. En ese intercambio cabe toda una historia: años de sacrificios, decisiones tomadas en secreto, hijos enviados lejos para que otros pudieran quedarse. Madre Chen sostiene el abanico como si fuera un escudo, pero también como una llave. Cada vez que lo abre y lo cierra, emite un sonido seco, casi musical, que marca el ritmo de la conversación silenciosa que tienen las mujeres. Y es justo entonces cuando aparece el hombre del traje oscuro, con su carpeta azul y su corbata estampada, como si hubiera salido de otro mundo. Su entrada no es discreta; es una ruptura narrativa. Él representa lo externo, lo institucional, lo que viene a poner orden donde ya existe un equilibrio frágil pero funcional. Cuando señala con el dedo, no lo hace con autoridad, sino con desconcierto. No entiende el código. No sabe que en este patio, el poder no se lleva en maletín, sino en el modo en que una mujer mayor entrega un abanico a otra más joven, sin decir palabra. *La verdadera y falsa presidenta* no se define por títulos ni documentos; se revela en los espacios entre las frases, en la forma en que Ling levanta los brazos al cielo, no como una súplica, sino como una declaración de soberanía personal. Ella no está pidiendo permiso para existir en este lugar; está recordando a todos que ya estaba aquí antes de que la excavadora pusiera una rueda sobre la tierra. Y cuando el cucharón metálico se eleva, suspendido en el aire como una amenaza inminente, es Ling quien no parpadea. Porque ella sabe que lo que se va a derrumbar no es la casa, sino la ilusión de que el pasado puede ser borrado con una sola maniobra mecánica. *La verdadera y falsa presidenta* continúa, y el próximo capítulo probablemente comience con el sonido de ese abanico al abrirse de nuevo, esta vez en manos de alguien que nadie esperaba.

La verdadera y falsa presidenta: El abanico que revela secretos

En el corazón de un patio rural, donde el polvo se mezcla con el olor a tierra mojada y los murales rojos con caracteres dorados cuelgan como testigos mudos, se despliega una escena que parece sacada de una novela de costumbres china contemporánea. *La verdadera y falsa presidenta* no es solo un título; es una metáfora viviente que se materializa en cada gesto, cada mirada cruzada, cada silencio cargado de significado. Observemos con atención: la mujer vestida de rosa pálido —Ling— permanece al margen, brazos cruzados, cejas ligeramente fruncidas, como si estuviera calculando las probabilidades de una partida cuyo tablero aún no ha sido desplegado. Su vestido, holgado y con detalles bordados en hilo plateado, contrasta con su postura defensiva. No es una espectadora pasiva; es una estratega en espera. Sus ojos, grandes y oscuros, no parpadean cuando la excavadora KINHO levanta su cuchara metálica hacia el cielo gris, como si fuera un dios mecánico listo para decidir el destino de la casa que los rodea. Pero Ling no retrocede. Ella se mantiene firme, incluso cuando el operario, con sus botas sucias y manos curtidas, acciona la palanca con un movimiento casi ritualístico. ¿Qué está pensando? ¿Que el acero no puede romper lo que ya está roto desde dentro? Mientras tanto, en el centro del patio, la figura de Mei —la mujer con falda de seda verde y blusa negra de corte asimétrico— se convierte en el eje de toda la tensión. Ella no lleva abanico, pero lo maneja con la misma elegancia que si fuera una extensión de su propia voluntad. Al sentarse en la silla roja de plástico, con una pierna cruzada sobre la otra, sus tacones negros brillan bajo la luz difusa del atardecer rural. Su sonrisa es perfecta, pero sus ojos no reflejan alegría; reflejan reconocimiento. Reconocimiento de quién está realmente al mando. Y eso es lo que hace tan fascinante a *La verdadera y falsa presidenta*: no se trata de quién ocupa el cargo, sino de quién controla el ritmo del silencio entre las palabras. Detrás de ella, la señora mayor —Madre Chen— sostiene un abanico de bambú con dedos temblorosos, pero su expresión es serena, casi cómplice. Ella sabe. Ella siempre ha sabido. Cuando Mei le toca el brazo con suavidad, no es un gesto de consuelo, sino de confirmación: el pacto sigue vigente. El abanico, entonces, deja de ser un objeto utilitario y se transforma en un símbolo de transmisión de poder, de conocimiento ancestral que se pasa de generación en generación sin necesidad de hablar. El hombre con el marco vacío —el esposo de Madre Chen— camina tambaleándose, como si llevara sobre sus hombros el peso de una historia que nadie quiere recordar. Su esposa lo sostiene por el codo, pero su mirada no está en él; está en Ling, en Mei, en la excavadora que ahora gira lentamente sobre sus ruedas. ¿Qué contiene ese marco? ¿Una foto familiar borrada por el tiempo? ¿Un documento que podría cambiarlo todo? Nadie lo dice, pero todos lo saben. En este tipo de dramas rurales, los objetos vacíos hablan más fuerte que las declaraciones. Y es precisamente esa ausencia lo que alimenta la intriga de *La verdadera y falsa presidenta*. Ningún personaje grita, ninguno se enfrenta directamente, y sin embargo, el aire vibra con la electricidad de lo no dicho. Incluso el hombre calvo, de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y la mirada baja, participa en este ballet silencioso. Él no es un extra; es el guardián del umbral, el que decide quién entra y quién queda afuera. Cuando Ling finalmente levanta los brazos, como si se entregara al cielo o desafiara a la excavadora, su gesto no es de rendición, sino de reclamación. Ella no pide permiso para existir; simplemente ocupa el espacio que le corresponde. Y en ese instante, la excavadora se detiene. No por orden, sino por instinto. Porque incluso la máquina entiende que hay límites que no se pueden traspasar sin consecuencias. *La verdadera y falsa presidenta* no termina aquí; esta escena es solo el prólogo de una guerra de sombras donde el poder no se toma, se hereda, se negocia y, a veces, se pierde en el fondo de una cesta de mimbre con cordón rojo, olvidada junto a unos percheros torcidos en el suelo. Pero quien la encuentre… ya sabrá qué hacer con ella.