PreviousLater
Close

La verdadera y falsa presidenta Episodio 24

like2.2Kchaase2.1K

El peligroso juego del casino

Mario pierde todo su dinero en el casino y acusa a los dueños de hacer trampa, lo que lleva a una confrontación violenta donde exigen que su madre pague su deuda inmediatamente.¿Podrá Mario escapar de las garras del casino sin sufrir terribles consecuencias?
  • Instagram

Crítica de este episodio

La verdadera y falsa presidenta: Cuando el dinero ya no compra nada

La escena comienza con una toma borrosa, como si la cámara hubiera sido empujada o estuviera escondida tras una columna. Lo primero que se distingue es la silueta de Lucas, Dueño del casino, emergiendo de la penumbra con una calma que resulta más inquietante que cualquier grito. Lleva puesta una chaqueta tradicional china negra con bordados dorados de dragones, pero combinada con pantalones de diseño caótico —Supreme, Louis Vuitton, símbolos de lujo descontextualizados—, una contradicción deliberada: tradición y modernidad, respeto y desprecio, todo en un mismo cuerpo. A su lado, el otro hombre, el de la chaqueta verde y la camisa con estampado floral invertido, cruza los brazos y sonríe. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de quien ya ha visto cómo terminan estas historias. Y lo que ocurre a continuación no es imprevisto; es inevitable, como el desenlace de una tragedia griega que todos conocen pero nadie puede detener. El grupo alrededor de la mesa no es casual. Son seis hombres, tres de pie, tres sentados, formando un círculo imperfecto que se cierra poco a poco, como una trampa mecánica. La mesa está cubierta con un mantel azul descolorido, rasgado en una esquina, y sobre ella no hay cartas ni fichas, solo billetes: dólares estadounidenses, yuanes, baht tailandeses, todos mezclados sin orden, como si el dinero hubiera sido arrojado allí en un acto de desesperación colectiva. El joven con la camisa hawaiana —cuyo nombre nunca se menciona, pero cuyo rostro ya ha sido grabado en la memoria del espectador— está arrodillado, con una mano sobre los billetes y la otra levantada, señalando a alguien fuera del encuadre. Su voz, aunque distorsionada por la distancia y la oscuridad, transmite una mezcla de furia y súplica. Dice algo que suena como “¡No fue mi culpa!”, pero en realidad no importa lo que diga. Lo que importa es que ya no controla el relato. El relato ahora lo controla a él. Lucas no habla inmediatamente. Se limita a observar, con las manos en los bolsillos, mientras el otro joven —el de la cadena de oro y la camiseta negra— se inclina sobre la mesa, con los nudillos blancos por la presión. Sus ojos brillan con una mezcla de ira y confusión. ¿Por qué está haciendo esto? ¿Por qué no se defiende? Porque ya lo hizo. Y perdió. La violencia no es el inicio aquí; es la consecuencia de una derrota previa, invisible para el espectador, pero clara para los presentes. El joven en la camisa floral no está discutiendo por el dinero; está discutiendo por su dignidad, y ya la ha perdido. Eso es lo que Lucas entiende mejor que nadie: el dinero es fungible, pero la reputación, una vez rota, es irreversible. Y en el mundo de La verdadera y falsa presidenta, la reputación es la única moneda que realmente vale. Cuando Lucas finalmente avanza, el bastón en su mano no es una amenaza, es una promesa. No lo levanta para golpear, sino para marcar el límite. El joven cae no porque lo empujen, sino porque ya no tiene fuerza para mantenerse erguido. Su cuerpo se desploma lentamente, como si el peso del fracaso fuera físico. Y entonces, el momento más perturbador: Lucas se acerca, se agacha, y con un gesto casi ceremonial, coloca un billete de cien dólares entre los dientes del joven caído. No es burla. Es un ritual. Como si estuviera coronando a un rey derrotado, otorgándole un último honor antes de la expulsión. El joven lo muerde, no por codicia, sino por instinto de supervivencia: si no acepta el gesto, será eliminado. Si lo acepta, será recordado como el que se dobló. Ambas opciones son derrotas. Pero en este sistema, la derrota con etiqueta es preferible a la desaparición sin rastro. La verdadera y falsa presidenta no aparece, pero su influencia es palpable en cada decisión tomada. ¿Por qué Lucas no mata al joven? Porque la muerte es demasiado simple. La humillación es más efectiva. Y además, tal vez la presidenta falsa —la que opera desde las sombras, la que usa nombres como ‘Lucas’ como máscaras— necesita testigos. Necesita que otros vean lo que sucede cuando se rompe la regla no escrita: que el dinero no te protege si has perdido la confianza. El joven de la chaqueta verde, al final, da un paso atrás. No por miedo, sino por comprensión. Él también ha estado en esa posición. Quizás no físicamente, pero emocionalmente. Y sabe que lo peor no es perder el dinero. Lo peor es darte cuenta de que ya no eres nadie para nadie. Que tu historia ya ha sido escrita por otros, y tú solo eres el personaje que cumple su papel hasta el final. El cuchillo que aparece al final no es para matar. Es para marcar. Para recordar. Para que el joven, si sobrevive, lleve consigo no solo la cicatriz, sino la certeza de que ya no pertenece al mundo de los que juegan. Pertenece al mundo de los que sirven. Y en el universo de La verdadera y falsa presidenta, esa frontera es más peligrosa que cualquier arma. Porque una vez que cruzas, ya no puedes volver. Ni siquiera quieres. El dinero ya no compra nada. Solo compra tiempo. Y el tiempo, aquí, se mide en respiraciones contadas, en miradas evitadas, en bastones que tocan el suelo como campanas fúnebres. Esta no es una escena de crimen. Es una escena de transición. De muerte simbólica. Y Lucas, con su trenza recogida y su collar de cuentas, no es el villano. Es el oficiante. El que asegura que el ritual se cumpla, porque si no lo hace, la estructura entera —la de La verdadera y falsa presidenta— se vendría abajo. Y nadie quiere eso. Ni siquiera el joven en el suelo, que ahora, con los ojos abiertos y el billete aún entre los dientes, parece estar aprendiendo la única lección que importa: en este juego, no se gana con suerte. Se gana con silencio. Con sumisión. Con la capacidad de aguantar el momento en que el bastón toca el suelo y tú ya no eres quien creías ser.

La verdadera y falsa presidenta: El bastón que decide quién vive

En el oscuro subsuelo de un edificio abandonado, donde el concreto desnudo respira humedad y silencio, se despliega una escena que no es simplemente violencia, sino ritual. La luz filtrada desde arriba no ilumina, solo acusa: cada sombra proyectada sobre las paredes agrietadas parece tener memoria. En el centro, dos figuras dominan el espacio sin moverse: Lucas, apodado Dueño del casino, y su compañero, el hombre con la trenza corta y la chaqueta verde, cuyo nombre nunca se pronuncia pero cuya presencia es tan pesada como el aire cargado de polvo. Ambos observan, cruzados de brazos, como jueces en un tribunal improvisado, mientras alrededor, el caos se organiza en torno a una mesa azul desgastada, cubierta de billetes arrugados, fajos rotos, monedas esparcidas como restos de una ofrenda fallida. Este no es un simple juego de azar; es una prueba de lealtad, de resistencia, de identidad. Y en medio de todo, el joven con la camisa hawaiana —cuyo rostro está marcado por una mezcla de desesperación y orgullo herido— se debate entre gritar y suplicar, entre defender lo que cree suyo y reconocer que ya no tiene nada que ofrecer salvo su cuerpo. Su bolso de lona colgando del hombro, manchado de sudor y polvo, simboliza lo que aún intenta conservar: una ilusión de normalidad, de vida civil, de algo que no sea este infierno subterráneo. Pero el entorno lo niega. Las paredes no responden. El suelo no absorbe sus lágrimas. Solo el sonido de los billetes al ser empujados, el crujido de madera bajo los pies, y el murmullo ahogado de los testigos que rodean la mesa, como si fueran parte del mismo decorado, inmóviles, expectantes, cómplices. La verdadera y falsa presidenta no aparece físicamente en esta secuencia, pero su sombra se extiende como una telaraña invisible. Cada gesto de Lucas, cada pausa calculada antes de hablar, cada vez que levanta el bastón de madera —un objeto sencillo, casi ridículo en otro contexto, pero aquí transformado en símbolo de autoridad absoluta—, evoca su ausencia presente. ¿Quién es ella? ¿Una figura legendaria del mundo del juego ilegal? ¿Una mujer que controla redes enteras desde la sombra, dejando que hombres como Lucas ejecuten sus órdenes con brutal eficiencia? La tensión no radica en saber qué hará Lucas, sino en entender por qué él actúa como lo hace: no por codicia pura, sino por deber. Hay algo en su mirada cuando observa al joven caído que no es crueldad, sino resignación. Él también fue alguna vez quien extendía la mano sobre una mesa llena de dinero, creyendo que podía elegir. Ahora, su única elección es cumplir. Y eso es lo más aterrador de todo: la pérdida de agencia no siempre viene con cadenas; a veces llega con una chaqueta bien planchada y un collar de cuentas doradas. Cuando el joven en la camisa floral señala con el dedo, no es para acusar, sino para sostenerse. Su voz, aunque elevada, tiembla. No está gritando contra Lucas; está gritando contra el vacío que ha abierto dentro de él. El otro joven, el de la cadena de oro y la camiseta negra, permanece erguido, pero sus ojos no están en el dinero ni en el rival: están en Lucas, buscando una señal, una confirmación de que esto sigue siendo un juego y no una sentencia. Su postura es rígida, pero sus manos se mueven con nerviosismo, como si estuviera contando los segundos hasta que algo cambie. Y cambia. El bastón golpea el suelo. No con furia, sino con precisión. Un sonido seco, definitivo. En ese instante, el joven cae. No por el impacto físico, sino por la rendición interna. Se arrastra hacia la mesa, boca abierta, con billetes pegados a sus labios, como si intentara devorar el dinero para hacerlo desaparecer, para que nadie pueda reclamarlo. Es un acto de humillación ritualizada, y todos lo saben. Incluso los espectadores, que no intervienen, no porque teman a Lucas, sino porque entienden que interrumpir sería romper el orden. Este es el código no escrito de La verdadera y falsa presidenta: el poder no se defiende con armas, sino con silencio, con espera, con la capacidad de soportar el momento en que el otro se derrumba frente a ti y tú sigues de pie, sin sonreír, sin juzgar, simplemente existiendo como testigo de su caída. El detalle más revelador no es el cuchillo que aparece al final, ni siquiera la sangre que mancha el papel moneda. Es la forma en que Lucas, tras dar la orden, se aleja unos pasos, como si necesitara distancia para seguir viéndolo sin vomitar. Su rostro, antes impasible, ahora muestra una contracción mínima alrededor de los ojos. No es remordimiento, pero tampoco es satisfacción. Es conciencia. Él sabe que lo que está ocurriendo no es justicia, ni castigo, ni siquiera venganza. Es limpieza. Y en el mundo de La verdadera y falsa presidenta, la limpieza siempre deja manchas que no se pueden lavar. El joven en el suelo ya no es un jugador. Es un ejemplo. Y los demás, incluido el de la chaqueta verde, lo saben. Por eso no apartan la mirada. Por eso respiran más despacio. Porque el próximo podría ser cualquiera de ellos. Incluso Lucas. Porque nadie es indispensable cuando hay una presidenta verdadera y otra falsa compitiendo por el mismo trono, y el único idioma que entienden es el del bastón, el del dinero esparcido, y el del cuerpo que ya no se levanta.